miércoles, 30 de noviembre de 2016

La religión de los datos





Tradicionalmente, “estar en las nubes” aludía a estar distraído, sin prestar atención a lo que ocurre a tu alrededor. Sin embargo, hoy, “estar en la nube” significa que estás en la vanguardia tecnológica. Proviene del inglés ‘cloud computing’, una forma de compartir recursos, aplicaciones, software, para gestionarlos de forma comunitaria, interconectada. (de A World of information)
Hay pocas certidumbres, incluso en el mundo subatómico, desde que la duda sistemática de los ilustrados liberó a los hombres de los relatos míticos religiosos como explicación y principio de autoridad. Sin embargo, la duda, el escepticismo, llevado a sus extremos es tan estúpido como la excesiva credulidad. Igualmente pasa con los datos que apoyan las certezas o las invalidan. La ciencia obtiene y recopila datos que organiza en información que a su vez consolida el conocimiento y de ahí, con suerte, puede derivar la sabiduría, pero actualmente hay un culto a los datos, una ‘datocracia’, que no tiene en cuenta eso. La ciencia veía hasta ahora en los datos el primer eslabón de una larga cadena intelectual que seguía esos pasos, pero ahora muchos piensan que el inmenso flujo de esos datos hace inviable su procesamiento, aunque tenemos cada vez más poderosos ordenadores. Podemos procesar los datos de organismos enteros, que algunos bioquímicos consideran algoritmos, aunque no simples, también de sociedades enteras o de ciudades. Los creyentes en el 'dataísmo' son escépticos en relación con el conocimiento y la sabiduría humanos y prefieren poner su confianza en los datos masivos y los algoritmos informáticos. También los economistas interpretan cada vez más la economía como un sistema de procesamiento de datos, un mecanismo para acopiar datos sobre los deseos y capacidades para transformarlos en decisiones.

Según esto, tanto el comunismo como el capitalismo de libre mercado no serían tanto ideologías en competencia sino sistemas competidores de procesamiento de datos. El libre mercado toma decisiones a través de muchos procesadores independientes interconectados. Lo explica Friedrich Hayek, el gurú austríaco de la economía: “En un sistema en el que el conocimiento de los datos relevantes está disperso entre muchas personas, los precios pueden actuar para coordinar los actos individuales de muchas personas.” Y la Bolsa ser uno de los sistemas más eficaces y rápidos de los que la humanidad ha creado hasta ahora. Lógicamente, los capitalistas están a favor de impuestos bajos, que significan que todo el capital no está en manos del Estado sino de más personas. Las decisiones centralizadas del comunismo han resultado ser menos eficaces que las del sistema interconectado del mercado, aunque no siempre fue así: en la Roma clásica el Imperio centralizado fue más eficaz que el senado de la época republicana. El capitalismo no derrotó al comunismo soviético por ser más ético o por su respeto a las libertades individuales, sino porque el procesamiento de datos distribuido funciona mejor que el centralizado, al menos en épocas de cambios tecnológicos acelerados. Un grupo de ancianos encerrados en un bunker, el comité central del Partido Comunista, que acumula todos los datos y centraliza todas las decisiones, incluido el precio del pan, puede fabricar bombas nucleares, pero no conseguirá un Apple o una Wikipedia.  

Hay un relato probablemente apócrifo según el cual Gorbachov intentó resucitar la moribunda economía soviética centralizada y para ello envío a uno de sus ayudantes a Londres para que averiguara como funciona de verdad el sistema capitalista. El visitante fue guiado a la City, a la Bolsa y a la London School of Economics y departió largo y tendido con banqueros, profesores y empresarios, finalmente el exasperado experto soviético explotó y les pidió que se dejarán de teorías económicas complicadas y de ideologías y le explicaran algo que no conseguía entender en su recorrido por Londres. “En Moscú nuestras mejores mentes trabajan en el problema del suministro del pan y se forman larguísimas colas en todas las panaderías y tiendas de comestibles y aquí, donde viven millones de personas y hay miles de comercios no he visto ni una sola. Por favor, preséntenme al genio encargado del suministro del pan de Londres”. Los anfitriones pensaron un momento y le dijeron: “no hay nadie encargado de tal suministro”.

Hay quien predice que a medida que el procesamiento de datos avance, así como su recogida masiva, la democracia, tal como la conocemos, puede desaparecer. Elecciones, partidos políticos y parlamentos pueden quedar obsoletos, no por poco éticos, sino porque no pueden procesar los datos con suficiente rapidez. Por otra parte, los datos no son lo único, este, también se ha dicho, es el siglo de las no verdades. Los datos disponibles indicaban que el brexit británico sería un desastre para las jóvenes generaciones y que Donald Trump no está preparado para ser presidente de Estados Unidos, pero campañas eficaces basadas en las emociones, en las medias verdades o en las falsedades más contundentes les han hecho triunfar a pesar de los datos.

Durante los siglos XIX y XX la política se movía a más velocidad que la tecnología, manteniéndose un paso por delante de esos avances técnicos. Hoy es a la inversa, el ritmo de la política y sus horizontes (elecciones cada cuatro años) no ha cambiado, la tecnología se ha acelerado increiblemente. El ciberespacio no ha sido diseñado por decisiones soberanas, aunque afecten a la soberanía, la seguridad, las fronteras y la privacidad. Para cuando la engorrosa burocracia gubernamental quiera regular ese espacio de Internet,  este habrá mutado diez veces. 

Tomemos las revelaciones de Snowden. La Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA) puede estar espiando todas nuestras comunicaciones, pero no debe saber muy bien qué hacer con esa infinidad de datos, porque los fracasos de la política exterior de ese país son ya casi rutina.

la Inteligencia Artificial y la biotecnología auguran revoluciones en las que la liebre tecnológica seguira sacando cuerpos a la tortuga de los gobiernos. Y es cierto que nuestras estructuras democráticas no pueden recopilar y procesar tantos datos relevantes con la suficiente rapidez, al igual que sus votantes no conocen lo suficiente para formarse opiniones pertinentes y terminan votando a Trump o a favor del brexit. Por fortuna las dictaduras y los régimenes autoritarios están igualmente abrumados y sobrepasados. Los Lenin, Mao y Hitler tenían visiones del futuro, hoy no tendrían ni idea de qué hacer. Eso es una gran ventaja, los políticos solo pueden pensar a pequeña escala, no destruir sociedades para crear otras nuevas, gestionar países, pero no dirigirlos

El mayor drama en las personas jóvenes es no estar conectados, aunque sea unos minutos. Las experiencias personales ya no son valiosas si no son compartidas, inmediatamente subidas a la Red. El flujo de datos es continuo; datos, pero también falsedades. Los nuevos profetas vienen del siglo anterior: Goebbels y Turing, pero en realidad no hay posibilidad de profecias, tan sólo hay posibilidades. Como hace 2.500 años, yo al menos sé que no sé.

 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Averiguar cómo va a ser el mundo




Cuando yo tenía veinte años todo era distinto; en 1970, en todo el mundo había 130 países, pero sólo 30 democracias liberales, la mayoría situadas en ese diminuto rincón noroccidental de Europa. Solo la India era el único país importante del Tercer Mundo comprometido en ese modelo hoy mucho más frecuente. Y en las décadas anteriores y posteriores solo la disuasión nuclear mantuvo esa opción, porque en realidad la envejecida y al parecer agotada democracia liberal se parecía más a un club exclusivo de viejos imperialistas. Sin embargo, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, la democracia liberal salió del cubo de basura de la historia y venció en la Guerra Fría al planificado imperio soviético. El votante y el cliente, esos son los pilares de ese modelo. Un paquete liberal que implica individualismo, derechos humanos, democracia parlamentaria y libre mercado.


Hoy, en 2016, hay 193 naciones soberanas y no existen ni esos bloques ni esa alternativa socialista-imperialista. Las protestas como el 15 M en España o el Occupy Wall Street en Estados Unidos no tienen nada, absolutamente nada contra el modelo democrático; en todo caso, lo que exigen es que funcione más y mejor, al igual que con los derechos humanos, aunque no haya tanta unanimidad con el individualismo y el modelo económico (que tampoco encuentra alternativas, lo que se solicita es controlarlo), para el que se pide en todo caso que sea realmente libre en lugar de controlado y manipulado por las grandes empresas, demasiado grandes para quebrar. Se pide más democracia, más instituciones verdaderamente representativas al servicio de todos los ciudadanos y no de adinerados miembros de los lobbies. No hay modelo alternativo viable, estos movimientos no lo tienen, les llaman radicales o populistas, pero realmente son reformistas por mucha coleta (una costumbre europea del XVIII y XIX) que lleven.


Está China, claro, pero ¿qué modelo es el chino?, ¿socialista?, ¿de libre mercado?, ¿las dos cosas? Ni los chinos lo saben, aunque saben que no son una democracia y tampoco un país socialista en puridad. ¿Más modelos? Están los fundamentalistas islámicos, un movimiento retrogrado basado en la interpretación más rigorista de una religión del siglo VII, que ha perdido todo contacto real con el mundo en que vivimos. Aunque usan Internet y los móviles para sus atentados, siguen viviendo en la más profunda Edad Media.


Y la política ni es todo ni siempre es anticipo fiable del futuro. Porque a menudo, la historia la modelan pequeños grupos, de innovadores y visionarios que son los que miran al futuro, en tanto que las masas, sumidas en la incertidumbre, manipuladas, tienen la absoluta tendencia de hacerlo al pasado. La biotecnología, la Inteligencia Artificial, la brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, los privilegiados que podrán diseñar su propia descendencia para asegurarla seguir en la cúspide social, los algoritmos, las nuevas energías… ese mundo que nos espera será tan distinto o más que el actual con respecto al de mi juventud. Hace diez mil años, la mayoría de las personas eran cazadoras-recolectoras, pero un pequeño grupo se hizo campesino y sedentario, sólo unos pocos pioneros en Oriente Medio y otras localidades esparcidas por el planeta; a ellos les terminó perteneciendo el futuro. En 1850, más del 90 por ciento de los humanos eran campesinos y prácticamente nadie sabía nada de máquinas de vapor, uso del carbón, vías férreas o telégrafos. El destino de esos campesinos se forjó por un pequeño grupo de hombres en Manchester y Birmingham que transformaron la producción de alimentos, el transporte, los productos manufacturados, los vehículos, las armas y la forma de vivir.


Y a la vez, en 1881, un líder religioso se proclamó en Sudán el Mahdi (el Mesías), a la vez que Egipto intentaba modernizarlo con ayuda de la imperialista Gran Bretaña. Sudán hoy sigue sumida en el atraso. Por las mismas fechas, Dayananda Saraswati encabezó un movimiento de resurgimiento hindú basado en las escrituras védicas que nunca se equivocan (como el Corán, como La Biblia) y el papá Pio XIX promulgaba el principio de la infalibilidad del papa en asuntos de fe. En China, un fracasado académico, Hong Xiuquan, tuvo una serie de visiones en las que Dios le reveló que él era hermano menor de Jesucristo y le encomendó expulsar a los impíos manchúes que gobernaban China desde el siglo XVII y establecer en la Tierra el Gran y Pacífico Reino del Cielo (Taiping Tia-nguó), y a la vez Darwin publicaba El Origen de las especies. Millones de chinos se movilizaron, desesperados por las derrotas de las guerras del opio contra las potencias occidentales. Hong no les condujo a ese reino pacífico, sino a una guerra, la Rebelión de Taiping, que entre 1850 y 1864 causó al menos 20 millones de muertos; muchos más que las guerras napoleónicas anteriores o la contemporánea Guerra Civil de Estados Unidos y casi comparables a los de las dos Guerras Mundiales del siguiente siglo.


Marx, Lenin, Adam Smith, Darwin, tuvieron éxito allí donde Hong y el Mahdi fracasaron. ¿Por qué? El humanismo socialista intentó comprender mejor la realidad de su época, tanto económica, social como tecnológica. La electricidad y el vapor crearon problemas nuevos, así como oportunidades inéditas, los que miraban al pasado no vieron ni unos ni otras. Lenin definió el comunismo -es frase muy conocida- como “el poder de los soviets más la electrificación de todo el país”.


Ahora puede que sean las democracias liberales las que pierdan el tren de la historia, como ha pasado antes: unos inventan la píldora anticonceptiva y el papa no sabe qué hacer al respeto, salvo volver la vista atrás. La visión liberal del mundo de votantes y clientes puede que esté igualmente ciega, o girada hacia el pasado, mientras aumentan las técnicas en neurociencia de manipulación de las emociones (otro día os hablaré de las roborratas, y luego hablamos del libre albedrio y de los dispositivos no intrusivos llamados técnicamente “estimuladores transcraneales con corriente continua” en forma de casco).


O miramos hacia adelante o tropezaremos y nos quedaremos atrás, y creedme, los políticos sólo saben mirar alrededor y hacia atrás. Hay una bomba de tiempo y está en los laboratorios, no en los parlamentos ni en la Bolsas. Podemos tener una certeza, que será la genética, entre otras cosas, y no el islamismo radical, entre otras muchas cosas, la que diseñe nuestro futuro.


martes, 22 de noviembre de 2016

Héroes antiguos y modernos. el camino del cambio personal




Según la filosofía china del yin y el yang, el mundo se sostiene por la interacción de esas dos fuerzas opuestas. En el mundo físico se da unas veces y otras no, pero en el actual mundo humano esas fuerzas son el humanismo y la ciencia que han establecido entre ellas un contrato. Cada yang científico contiene en su interior un yin humanístico. El poder que proporciona el yang frente al juicio ético y el sentido del yin. La razón y la emoción, el laboratorio y el museo, la cadena de producción y el supermercado. La gente suele ver sólo el yang (la agricultura y ganadería de la que hablaba Vanbrugh en su comentario del post anterior) y por eso quizás imagina que el mundo actual es árido, científico, lógico y utilitario, materialista en definitiva, como el laboratorio o la fábrica. Pero como señala Noah Harari, el mundo es también un supermercado extravagante, e idealista, añado yo.

En realidad, nunca en la historia humana se han concedido tanta importancia a las emociones y los sentimientos y eso ha provocado el surgimiento de nuevas ‘industrias’ como la del ocio y el turismo o el arte. ¿Qué venden las agencias de viajes o los restaurantes de postín? ¿Billetes de avión y de hotel o comida guisada? No, nos venden experiencias nuevas, la palabra ‘emoción’ está en el vocabulario de cualquier chef pretencioso.

Las narraciones anteriores se basaban en el relato de acontecimientos, eran catálogos de hazañas heroicas, no de sentimientos; no hay nada de eso en las epopeyas grecolatinas o medievales. En cambio, las narraciones modernas de novelas y películas suelen girar en torno a los sentimientos. Lo que hace distantes a Aquiles, Lancelote o Roldán es su invariable condición de una pieza de caballeros intachables, sin que hubiera ningún proceso significativo de cambio interno, mientras vencían a ogros, mataban dragones o salvaban doncellas. Todas esas hazañas confirmaban su coraje, pero les enseñaban pocas cosas.
 
En cambio, los héroes modernos, desde el capitán Kirk de la nave Enterprise, pasando por el Tom Sawyer y el Huckelberry Finn mientras descienden por el Mississippi, o los motoristas de Easy Ryder (qué mal ha envejecido esa película que me indujo a comprarme mi primera Norton de segunda mano), todos van cambiando conforme avanzan en sus aventuras, que a veces transcurren sin aparentes incidencias en un solo día, como en el Ulises de Joyce. Tengo un ejemplo mejor, sin embargo, es una narración y sobre todo una película inadecuadamente considerada para público infantil, una de mis preferidas, El Mago de Oz.  Si los anteriores héroes eran prácticamente psicópatas o sociópatas de una pieza, los de El Mago también están bastante mal. Los amigos de Dorothy que siguen las baldosas amarillas huyendo y buscando a la bruja, presentan carencias agudas. El hombre de Hojalata confía en que El Mago, ese charlatán, le dé un corazón; el Espantapájaros quiere un cerebro y el León desea que se le conceda el valor que no tiene y se le supone. Descubren al final algo importante, que todo lo que piden ya estaba en ellos. No se precisan magos para obtener sensibilidad, sabiduría o valor. Sólo tenemos que seguir nuestro camino de baldosas amarillas, abriéndonos a las experiencias que encontremos.



Nuevamente surge la simple ecuación mencionada en un post anterior:


CONOCIMIENTO = EXPERIENCIAS X SENSIBILIDAD