sábado, 22 de abril de 2017

Dos anomalías de la política española



No es que España sea diferente, como decía la protogay Gertrude Stein cuando afirmaba que escarbando es un español se encontraba un sarraceno y escarbando en un ruso surgía un tártaro. Pero es evidente que la política española mantiene dos curiosas anomalías que no se dan en los demás países de su entorno. La primera es que nadie, casi, en España se confiesa abiertamente de derechas, todo lo más de centro, porque la izquierda sigue manteniendo un mayor prestigio moral y por eso en las encuestas siempre se minusvalora el voto que luego consiguen esas derechas. Es decir, existe un prestigio moral de la izquierda, aunque luego no se refleje en los parlamentos. La segunda anomalía, a mi juicio más preocupante, es que el pensamiento de las izquierdas españolas es conciliador y hasta afecto a los nacionalismos, que se consideran por definición oprimidos, aunque los nacionalismos en su esencia sean siempre reaccionarios y contrarios al sello internacionalista que siempre ha mantenido la izquierda; así, se da la paradoja de que la oposición a esos nacionalismos quede en manos de las derechas que no oponen lógicamente a ellos ningún cosmopolitismo sino otros nacionalismos más céntricos o centrípetos frente a los centrífugos o separatistas. Consecuentemente, en España los partidos nacionalistas tienen un peso mayor al que les correspondería por sus votos, o una mayor influencia si se quiere, no sólo como bisagras para favorecer la gobernabilidad a su izquierda o derecha (aunque nadie está más a la derecha en puridad que cualquier partido nacionalista por muy republicano que se defina). En segundo lugar, la derecha es siempre vergonzante, se avergüenza de reconocerse así, aunque sus políticas siempre lo sean claramente.

Los dos nuevos partidos surgidos en España refrendan muy bien ambas tésis. El de derechas, Ciudadanos, se define como liberal, pero jamás de derechas, que claramente lo es, y ha forjado su moderado pero repentino éxito en oponerse al nacionalismo periférico. Podemos, por su parte, claramente de izquierdas y tras una primera fase de ambigüedad calculada (no era la izquierda o la derecha el eje que reivindicaban, sino el arriba o el abajo) es altamente favorable a esos mismos nacionalismos.

España es un país inevitablemente globalizado en lo económico pero atomizado en lo sentimental y cultural, donde diecisiete miniministerios de educación les enseñan a nuestros niños a ignorar el Nilo y a escarbar en las legendarias fuentes del arroyo de su pueblo. La propia palabra España ha quedado vetada para la cultura de izquierdas, por llamarla algo. Sí, España es diferente; de hecho, ni es España, es el "Estado español" (término incorrecto cuando se refiere a dicha nación y no a su forma de gobierno, inventado por Franco para eludir denominaciones explícitas inadmisibles para su dictadura como Reino u, obviamente, República). Como dijo el conservador Canovas del Castillo, se es español cuando no se puede ser otra cosa; por ejemplo, si se es de Burgos (mala suerte, pudiendo ser de Bilbao), pero si eres de Cataluña o incluso de Valencia -aunque valencianos hayan sido papas españoles en Roma-, entonces no. Ser de izquierdas en España, perdón, en el Estado español, se ha convertido en un incoherente galimatías y aún así es mejor que ser de derechas, que al parecer sólo lo era Canovas del Castillo.

viernes, 21 de abril de 2017

El lector viajero, el lector confinado, el lector glotón




People say that life’s the thing, but I prefer Reading (Dicen que lo mejor es la vida, pero yo prefiero la lectura). LOGAN PEARSALL SMITH

Para entender el mundo, y para entendernos a nosotros nos contamos historias. Para contar historias no basta con la traducción de la experiencia al lenguaje; éste nos resulta siempre insuficiente, imperfecto y hasta ambiguo. La lengua recurre por ello a las metáforas, que son en última instancia una confesión de esa incapacidad para comunicar directamente. A través de las metáforas, las experiencias en un campo iluminan las de otro. En su Retórica Aristóteles señala que el poder de una metáfora reside en el reconocimiento que evoca en el público, con un significado compartido particular. Y así, en las sociedades letradas surge una primera metáfora, la del mundo como un libro abierto que hay que leer. El problema es que hay muchas formas de leer ese libro primero: la ficción, las matemáticas, la cartografía, la biología, la física, la poesía, la teología…, pero la suposición básica es la misma: que el universo es un sistema complejo pero coherente de signos gobernado por leyes. Estos signos tienen un significado, aunque a veces estén fuera de nuestro alcance o entendimiento, y así leemos, o lo intentamos, el libro del mundo.

Siguiendo con esa cadena de metáforas, al mundo como libro le sigue la vida como viaje (un tema recurrente en pintura, véase El Bosco); el lector sería así un viajero que avanza por las páginas del libro. El problema surge cuando el viajero no se relaciona con los habitantes ni los paisajes que recorre (como el turista de masas actual), sino que va de santuario en santuario (o de parque temático en parque temático) y en consecuencia la actividad de la lectura queda restringida a un espacio confinado donde el viajero se aparta del mundo en vez de vivir en él. Es la rata de biblioteca, en despectiva metafórica expresión española. O bien, la más aristocrática metáfora bíblica de la torre aislada, a ser posible de marfil, de tantos sabios, con las connotaciones negativas de inacción y desinterés por las cuestiones sociales. Una última metáfora a añadir al lector aislado en la torre y al lector viajero en contacto con el mundo es la del lector oruga que se alimenta de páginas de los libros (hay organismos reales que lo hacen y son la pesadilla de los bibliotecarios), que devoran libros, páginas y tintas, se hinchan de ellos: una criatura larvaria para quien los libros sólo son forraje.. El lector como un migrador mundial (¿un albatros?), un ratón (o una rata), una oruga (que a menudo no se  metamorfosea en mariposa nunca).

Los lectores de palabra impresa oímos en estos tiempos que estamos obsoletos, que debemos conocer las nuevas tecnologías o el abandono de la manada que avanza vertiginosa. Por eso, entre otras cosas, me gustan los blogs, nacidos de la nueva era informática pero mantenedores del texto y las palabras, y por eso, entre otras cosas, no me interesan esos escuetos y ruidosos recintos de la inmediatez y la simplificación que son para mí las redes sociales.

En Flaubert nos encontramos los tres tipos metafóricos de lectores. El lector como viajero que re-conoce el mundo; el lector alienado en su torre de marfil; finalmente, el lector como larva de los libros e inventor del mundo. O sea, el libro del mundo, el viaje como texto, el camino de la vida y hasta el viajar por la red, pero también, la torre de la melancolía, el príncipe estudioso (oh, Montaigne) y la torre de vigilancia, y después, las criaturas hechas de libros (todos en el fondo) y los lectores embrujados, glotones larvarios (que me encuentro todos los días en el metro). Yo soy los tres, una quimérica criatura que navega sobre los océanos de mi ignorancia, el albatros de la buena suerte de los marineros; un roedor aislado en mi modesta pero confortable torre de pladur y una oruga que devora letra impresa porque me gusta aunque no engorde ni me transforme.



martes, 18 de abril de 2017

Auctoritas




Se suele relatar la sorpresa de San Agustín cuando sorprendió a San Ambrosio leyendo a solas en su celda en silencio, sin pronunciar en voz alta ni siquiera murmurando, las palabras; y eso se cita como origen de la lectura moderna, pero el asunto no fue ni tan repentino ni tan sencillo, aunque es una bonita historia.

Extraigo estas reflexiones del Didascalicon de Hugo de San Victor, el primer libro (1138) que se escribió sobre el arte de la lectura en plena era monástica. Hoy por desgracia no tenemos una suerte de 'casas de lectura' al estilo de las shull judías, las madrazas o medersas islámicas y los monasterios cristianos. El ars legendi de Hugo era una disciplina ascética centrada en un objeto técnico, el libro. El lector, entonces, es alguien que se ha hecho a sí mismo dentro de un exilio para poder concentrar su atención, con aislamiento y silencio, en la sabiduría, su hogar anhelado. Justo lo opuesto a ese "leer", por llamarlo algo, superficial, fragmentado, masivo, bullicioso y belicoso que implican las pantallas y las redes sociales.

Auctoritas en latín escolástico es lo que los traductores profesionales llaman un ‘faux amis’, un falso amigo, pues no debe traducirse hoy por autoridad en ninguna de sus acepciones. Los manuscritos medievales no llevaban título y este era sustituido, al comienzo del texto, por el ‘incipit’, la primera frase, una vieja costumbre que aún se mantiene en las encíclicas papales, como en ‘Rerum novarum’ por ejemplo.

Esos incipit más que etiquetas, como los títulos de hoy, eran acordes en unos textos considerados como composiciones, que mediante la sutil variación de una oración repetida frecuentemente, pueden manifestar el propósito del texto aludido. Los lectores coetáneos reconocían inmediatamente esos incipit como una ‘auctoritas’, una oración digna de ser repetida. Dicha oración establece una verdad obvia precisamente porque ha sido desligada del discurso de este o aquel autor particular y se ha convertido en un enunciado independiente. Lo que hoy en día más se parece a eso es la cita, que puede ser bien o mal usada.

Cuando Cerimón, el señor de Éfeso en el Pericles de Shakespeare, “al volverse contra las autoridades” se ha “construido un renombre tal que nunca decaerá en el tiempo”, no quiere decir que haya subvertido el poder establecido ni que aluda a autores de peso, sino que poniendo en tela de juicio algunas máximas de autoridad, ha conseguido una reputación de gran sabio, siendo esas autoridades, en un sentido ya obsoleto, ese falso amigo al que aludía, las oraciones que crearon precedentes y definieron la realidad.

Hoy por hoy, la corporación de Podemos y similares, usa la auctoritas de modo similar ¿Habrán estudiado escolástica en sus facultades de políticas estos podemitas? 

Los que llenan sus discursos de citas buscan a veces teñirse superficialmente de la sabiduría, la autoridad, de otros más sabios. Es costumbre ligeramente mejor que la de los que plagan sus proclamas de frases hechas y tópicos extraidos del lenguaje común, como el presidente Rajoy. Claro que las consignas pueden conseguirse de muchas formas, pero gritarlas en público son siempre lo contrario a leer en aislamiento y en silencio. Gritamos tanto como leemos poco.

lunes, 17 de abril de 2017

La duda




En muchas ocasiones anteriores he defendido la duda. La duda sistemática desde Descartes y antes, con los ‘fisiólogos’ presocráticos, sobre todo cuando se superaron las convicciones medievales de que todo estaba dicho en los textos sagrados y no era necesario no sólo conocer nada más, sino preguntarse por ello. No me refiero, por tanto, al escepticismo empecinado y bobo que niega lo que los demás admiten por sistema, sino al individuo que busca respuestas a través de las preguntas. La ciencia, la forma de obtención de conocimiento más exitosa a lo largo de la historia se basa en la duda y en el arte de hacerse las preguntas apropiadas antes que en la mera técnica de responderlas. Como señaló Bertrand Russell, gran parte de las dificultades que atraviesa el mundo y la comunicación entre humanos se debe a los ignorantes que están completamente seguros, en tanto que los inteligentes están llenos de dudas.

Las redes sociales, en general, no han favorecido la comunicación real, porque propician ante cualquier hecho que desconcierta el exabrupto y la descalificación inmediata en lugar de la reflexión y la duda. Tomarse su tiempo, pensar dos veces no es lo propio de esta época. El escepticismo inteligente es siempre un ejercicio que conduce al conocimiento. Sus enemigos son, paradójicamente, el escepticismo sin criterio y la boba credulidad. Como señaló John Stuart Mill, no es libre el que se limita a sumarse a la mayoría, como no lo es el que se opone por sistema. Otro peligro es el de la dialéctica extrema de las dicotomía sin matices: bueno, malo; legal e ilegal, legítimo e ilegítimo, bello o feo, propio o ajeno, nosotros y ellos. Formas burdas de clasificar, encasillándola, la realidad. Para situarse en el sí o el no parece no hacer falta argumentos; soy independentista o unionista, soy de derecha soy de izquierdas, acepto o no acepto a los inmigrantes. Los matices exigen esfuerzo, la duda inquieta.

En el siglo XVI Lutero duda de la autoridad de la Iglesia, Montaigne se pregunta sobre todo y el descubrimiento de América descubre algo más importante que un continente: al otro. Montaigne piensa y explica breve y magistralmente cómo enfrentar a ese otro extraño cuyas costumbres chocan y nos parecen irracionales porque, simplemente, no son las nuestras. Lo dice claro, a  través de una sola pregunta, de una duda “¿Cómo se puede ser persa?”.

La democracia no es simplemente buena porque se opone a la tiranía, sino porque sirve para contrastar opiniones y obliga a escuchar al otro. O debería. Además, aprender a  dudar —por que a eso se aprende también— es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana. Por eso no ayudan los expertos que armados de erudiciones específicas pontifican trayendo preparadas las respuestas de antemano, contraviniendo el sabio proceso del conocimiento y la duda.

La duda se parece a la tolerancia. Está bien tolerar lo que no nos gusta y nos incomoda, pero no todo es tolerable; no todas las opiniones son respetables, en todo caso lo son los opinadores aunque opinen mal. No podemos tampoco dudar de todo y empezar de cero a cada rato. No todo está mal hecho y tiene que ser revisado; o lo que hace el adversario político anterior hay que descartarlo sin más. El relativismo es otra forma de dudar, a la inversa que los fundamentalismos, que nunca dudan y son siempre irreconciliables con el resto. En ese sentido hay que interpretar la frase de Albert Camus de que “la justicia absoluta niega la libertad".

Noto como uno de los principales defectos de los modernos antisistemas esa actitud extrema sin dudas. Así, por importante ejemplo, su valoración de la Transición española, que en muchos aspectos fue ejemplar, moderada y eficaz. Sólo posteriormente aparecieron los vicios de la concentración de poder, los partidismos, el clientelismo, el corporativismo, la corrupción y las decisiones excluyentes, irreflexivas. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? La virtud del arte, la filosofía, la ciencia, la literatura la música es también dejarnos perplejos, sembrar el desconcierto donde lo creíamos tener claro, estimular la curiosidad, dar valor a las explicaciones ajenas y a sus gustos, introducir complejidad en lo aparentemente simple. Aprender a dudar es aprender a vivir.

viernes, 14 de abril de 2017

breverías con humor




El Instituto Tecnológico de Albacete (Albacetech) ha emprendido la ambiciosa tarea de digitalizar los contenidos útiles de todas las imbecilidades del mundo. Todo esto cabe en un pequeño pendrai y sobra espacio para todas las fotos de familia en alta definición de cualquier famosillo. Hasta ahora está resumida en un solo cero (0).


Lo que distingue al arte contemporáneo del arte antiguo y el de los pueblos primitivos no es desdeñar la belleza o pretender destruirla, sino tener críticos de arte y museos; o sea, no se basta por sí sólo. 

Miró pinta como un niño. Que me traigan a ese niño, yo pongo la galería. 

Efectivamente. Velázquez en Las Meninas se hizo un discreto selfi.

La mayoría de los arquitectos estrella son sordos: no son capaces de oír el sonido del lugar sino sólo sus egocéntricos acúfenos.


Las tradiciones más arraigadas, la señas de identidad a veces aún no se han inventado, lo que demuestra que el futuro es más perezoso que el pasado. Las tradiciones no sólo no son un argumento a su propio favor de mantenerlas, sino que el mero hecho de que hayan llegado hasta nosotros desde el pasado demuestra que son anacronismos fuera de su época, que es donde deberían permanecer

Estoy a favor de los toros -aunque sólo sea por la Tauromaquia de Goya y la hermosura del bicho en sí-, pero en contra de las corridas y en contra de los antitaurinos. ¿Cómo conciliar todo esto? Fácil: hay que prohibir que los antitaurinos sigan promocionando las corridas de toros, que si no es por ellos ya se habrían muerto solitas.


Sólo hay una tradición siempre innovadora, aunque eso parezca una contradicción en sus términos, y es la de la ciencia, que avanza alejándose de sus predecesores y empujando a sus sucesores.

 
Dos pasos adelante, uno atrás. Atrás: ha vuelto a reaparecer en los países ricos el raquitismo infantil entre los niños acomodados. Se debe a la ausencia de la radiación ultravioleta en contacto con la piel. Los niños pasan demasiado tiempo encerrados y excesivamente vestidos y cuando se desnudan los cubren con cremas protectoras que impiden ese acceso por temor al cáncer de piel. Los ingresos por esta razón en los hospitales se multiplicaron por cuatro entre 2001 y 2010. 

Dios hizo el mundo en seis días. Yo dispongo de más tiempo y no necesito ocupar tanto terreno. 

Los hombres crearon a Dios (y no a la inversa) para que Dios creara a los hombres (a la viceversa) y a eso se le llama 'círculo vicioso', nunca mejor dicho.

Anticipándose a Nieztsche en diecinueve siglos, tal Viernes Santo como hoy, mataron a Dios, pero al tercer día resucitó y no sirvió de nada.

Me gustaría saber qué puesto ocupo yo en la línea de sucesión al trono. ¿Cómo que ninguno? Alguno ocuparé, digo yo, aunque se tenga que morir el 99 por ciento de los españoles, incluidos todos los Borbones, pero la desmadrada demografía española me perjudica.


Si el sabio rey Salomón aún viviera, resolvería el tedioso conflicto de Gibraltar en un plis plas: convocaría a los dos representantes del Reino Unido y España (mientras Gibraltar asistiría lloroso entre pañales) y decidiría partir el peñón (o el piñón) en dos mitades, entre la alarma de ambas madres (-patrias). A continuación le daría una mitad a los monos y la otra mitad a los cuatro gatos de sus habitantes bípedos. Las aguas territoriales para los peces. La otra posibilidad es entregar el Peñón al antiguo ICONA para que lo repueble con pinos, extinga a todos los monos y reconvierta a la población contrabandista en guardas forestales y bomberos.

Una de estas breverías no va de coña, las otras sólo van en serio.
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