sábado, 20 de mayo de 2017

La imaginación del desastre





Al igual que el asco es una adquisición evolutiva para evitar ingerir substancias tóxicas, el miedo lo es para evitar otros peligros de muerte. La respuesta adaptada que desencadena es la huida, que a veces no es factible. Pero el miedo y la amenaza, real o imaginada, que lo desencadena son dos cosas distintas. En nuestra especie el miedo ha sido utilizado como una herramienta de control social, desde el que viene el coco hasta las llamas eternas del infierno. Hay miedos, como el del terrorismo, que cumplen ambos papeles: evitar el peligro de muerte y controlar a las personas con ese miedo, seguridad a cambio de libertad.

Resulta más difícil imaginar el fin del capitalismo que el fin del mundo (para este último hay montones de propuestas, incluido el propio capitalismo como némesis destructora). Igualmente, resulta más difícil imaginar el fin del turismo masivo que el del capitalismo, con el que está imbricado. La imaginación del desastre, en expresión de Susan Sontag, tiene sus propias leyes. Por que una cosa es el desastre y otra distinta, aunque relacionada, la percepción del desastre. El capitalismo de las catástrofes es ya un género ensayístico pujante. 

La sexta extinción masiva y la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, la ampliación desmesurada de la brecha desigual entre ricos y los demás, el incremento de la población, su envejecimiento, la falta de futuro en los jóvenes, la pérdida masiva de trabajo asalariado, las epidemias, la alienación de las redes sociales, la destrucción de la belleza, la mala educación, las sectas destructivas, los políticos estúpidos, las nuevas guerras, el terrorismo indiscriminado, eh aquí buenos temas para el género en auge. Cuando era niño y me llevaban a la desaparecida Casa de Fieras del Retiro madrileño era lamarquista sin saberlo porque creía que las rayas del gran felino imitaban los barrotes de su jaula. El tigre de Bengala da mucho miedo (y admiración), pero a mí me da más miedo que desaparezca, que despertemos, y al revés que en el cuento del dinosaurio de Monterroso, ya no esté allí.

El principio nodal del género del terror, tanto en la literatura como en el cine, es que el miedo es más relevante que su causa. En cambio, en el capitalismo de las catástrofes las causas, las propias catástrofes anunciadas, son mucho mayores que el miedo que nos provocan. Del terror nos salva la inconsciencia colectiva, pero no nos salva sino que nos precipita a su causa. A mí lo que más miedo me da es la gente. Porque ese es el fundamento de la teoría del héroe solitario que encarnó Gary Cooper en Solo ante el peligro: está solo porque... sabe más que los demás, la gente. Menos mal que cuento con las personas, solas o de común acuerdo. Peter Handke habló de El miedo del portero ante el penalti, pero ¿y del miedo del delantero que lo va a tirar? El portero que quiere parar el balón del desastre tiene miedo; lo malo es que el delantero que lo tira no lo tenga.

En mi opinión, el rasgo más trágico de estos tiempos es que justo cuando hemos alcanzado una perspectiva auténticamente universal desde la que apreciar la vastedad del cosmos del que formamos parte, la complejidad causal de los procesos físicos, la maquinaria química de la vida o de las estrellas, al mismo tiempo hayamos considerado el dominio de los valores como ajeno a esta comprensión aparentemente completa del tejido de la existencia. En la ciencia no parece haber sitio para conceptos como correcto/incorrecto, bello/feo, sentido/sinsentido, amor/odio, bien/mal, etcétera. La ciencia parece haber destronado a los dioses y dejado sin fundamentos los valores. Es la herencia última del útil pero nefasto tajo cartesiano entre cuerpo y mente que supuso el nacimiento de la ciencia moderna. Tanto la actual crisis de fe y el auge de los fundamentalismos y los irracionalismos, así como el terrible coste de nuestro dominio sobre la naturaleza material a escala mundial son quizás reacciones a una visión de la realidad en la que no se admite la subjetividad o los valores. Necesitamos una metafísica que no combata con la ciencia, sino que la prolongue hasta lo que experimentamos, nuestros miedos.

Respondo a la pregunta de Edward Albee: ¿Quié teme a Virginia Woolf? Quizás quien no conoce a Virginia Woolf, o, tal vez con razón, quien la conoce. Por una vez, deberíamos volver a ser niños para sentir miedo a la oscuridad, porque hoy por hoy, la propia oscuridad es más peligrosa que el miedo que provoca. Porque son los barrotes de su prisión y no el tigre los que entrañan el verdadero peligro.

jueves, 18 de mayo de 2017

De mariposas y orugas



Sólo escuchando a los hombres uno no puede entender el mundo. En cambio, sólo escuchando a las mujeres uno entiende una versión coherente y parcial, la de las oprimidas. Por eso los machistas son idiotas y las feministas sectarias. Los sectarios cambian el mundo, los idiotas lo entorpecen. Una oprimida concreta sabe que le está sobrando un hombre en su vida y está casada con él; una feminista extrema cree que le sobran todos los hombres, al menos tal como son. Una mujer reivindicativa, inteligente y que rechaza ese feminismo extremista es una alondra en un gallinero.

Un fabricante de papel artesano afirmó: "a veces me gustan mis errores, pero intentar reproducirlos es muy dificil." Eso es lo que siento yo a menudo al escribir. Falta de método para reproducir mis aciertos fugaces y casuales.

Los dueños de gatos se hacen la ilusión de que son como ellos: autosuficientes, elegantes, independientes. Los dueños de perros se hacen la ilusión de que los perros son como ellos: responsables, obedientes.

Para la oruga el final de su metamorfosis es la muerte del mundo; para la mariposa que surge amnésica, el principio. Eso es lo que significa pasar de la infancia a la juventud. La perfección del niño es la de la oruga que se sabe oruga y nada más; la inconsistencia juvenil es la de la mariposa que ignora como ha llegado a serlo ni lo que le aguarda después. 

Pero el paso del niño al adulto invierte los términos de la metamorfosis. El niño es una mariposa perfecta y efímera, mientras que los adultos somos orugas sin destino claro, salvo la muerte que la mariposa no siente.

Si una máquina del tiempo nos permitiera colocar a un neandertal en un monacato para  miniar pretendidamente códices, esa sería la metáfora de la mayoría de los humanos actuales con sus smartfones a cuestas.

Quien sabe que no sabe tiene dos opciones: resignarse o vivir. Quien no sabe que no sabe, en cambio, no tiene opciones. 

Dos de mis novelas favoritas de todo tiempo y lugar. Una, un hombre amable y apacible, un ratón de biblioteca que rehúye todo conflicto en la vida, viaja a Creta para explotar una mina de lignito en compañía de un vitalista hombre para todo, un gozador, una suerte de Pan nacido a los pies del Olimpo que ha matado hombres, se ha emborrachado, comido y ha gozado de todas las viudas acogedoras con las que se ha tropezado. Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba) del griego Nikos Kazantzakis. La otra, rusa, mucho más extensa, con la campaña suicida de Napoleón en Rusia, se nos cuenta la historia de dos familias aristocráticas, los Bolkonski y los Rostov. Es difícil intentar borrar el rostro del gran Anthony Quinn del personaje de Kazantzakis, como es imposible evitarlo con los de Mel Ferrer como Bolkonsky y de Audrey Hepburn como la Rostova. Vidor ha suplantado a Tolstoi como Cacoyannis lo hizo con Kazantzakis. Son dos buenas películas sobre dos extraordinarias novelas, por lo que es difícil decidir si aquellas le han rendido un servicio a estas o, al suplantarlas y dar la falsa impresión en el espectador de que ya no es preciso el lector, las han perjudicado. Ese debate de amor/odio entre cine y literatura ha persistido siempre. Si la oruga originaria es la novela y la mariposa reluciente y amnésica es la película, yo decido que la oruga es más hermosa en ambos casos.

En tanto que especie, nunca encontraremos una cueva, una abertura o una puerta de cualquier clase en la que no deseemos entrar. El hombre —tienen razón las viejas ilustraciones de la prehistoria— no sólo es bípedo sino cavernícola.

Los eslóganes son trajes vacíos que visten el cadáver de una idea. Aún las ideas más grandes, si les abres la panza, ves que son títeres, rellenos de paja, y hundido entre la paja, un resorte de hojalata. 

El gran maestro reaccionario Confucio dijo: "Muchos buscan la felicidad por encima del hombre; otros por debajo; pero la felicidad tiene la talla del hombre". Así es: hay tantas felicidades como tallas humanas. Hay que cortar a la felicidad a la medida de tu talla.

Soy animal urbano y animal de campo, pero mi ejemplo de dicha es despertarme al amanecer en una aldea con el alborozado ajetreo de gallos, cochinos, asnos y hombres y querer levantarme de inmediato y a la vez quedarme en mi cama aldeana anticipando los goces del día, dudar si seguir un rato como oruga en cama o salir a mariposear por ahí.

Antes de las revoluciones los revolucionarios son compasivos, deben sentir como propio el sufrimiento ajeno. Pero cuando acontece la revolución ya no pueden permitirse el lujo de serlo, porque el revolucionario tiene que hacerle a la gente cosas que no admiten compasión. Es lo que distingue a un simpatizante o un ‘compañero de viaje’ del verdadero revolucionario; lo mismo que distingue la acción de la emoción, el pensamiento del acto, el idealismo de sus consecuencias. Y ahí reside el trágico drama de esos activistas que finalmente siempre son devorados por sus metas conseguidas. La oruga de las ideas no soporta la imagen que ofrece la mariposa de la revolución.


martes, 16 de mayo de 2017

En busca de los primeros agricultores, 4 (la cerveza)




Tengo un amigo que sorprendentemente (para mí, claro) distingue los sabores de las Coca-Colas. No me refiero a las variantes sin azúcar y demás, sino a cualquiera dependiendo de su zona de fabricación. Debe ser el agua, porque el extracto del brebaje, esa alardeada fórmula secreta es la misma en todas partes. Yo no soy un gran catador de vino; me gusta más el tinto joven que la mayoría de los grandes reservas, y el blanco más frío que lo que recomiendan los puristas. Pero lo que verdaderamente sé catar, de lo que entiendo, es de cerveza; en ella distingo matices y procedencias sin problema, desde las ligeras mexicanas a las de doble fermentación de los monasterios belgas, no digamos las de trigo. Se puede comprender, por tanto, mi satisfacción cuando me enteré del papel de la cerveza en el desarrollo de la agricultura del Neolítico. En definitiva, la cerveza nos hizo lo que hoy somos. Si improbablemente ese papel lo hubiera cumplido una variante de la Coca Cola, en mi opinión, estaríamos ya extinguidos.

Göbekli Tepe está situada en el sudeste de Turquía y yo no he estado aún. Era un lugar de culto según su principal investigador, Manfred Heun. Él y otros muchos consideran este yacimiento como el hecho más decisivo que le ha ocurrido a la arqueología en muchas décadas. Allí, en lo alto de una colina que se ve desde lejos, se reunían los pueblos cazadores de esa franja entre el Éufrates y el Tigris para sus festejos desde hace unos 16.600 años. Grandes capas de huesos triturados de animales diversos demuestran que los asistentes celebraban banquetes de uros, gacelas y onagros, presas del desierto o el subdesierto, y que trituraban los huesos para llegar a los mejor y más grasiento, el tuétano. Estos cazadores invirtieron tiempo y trabajo; hay grandes edificios circulares de caliza, con bancos adosados a lo largo de las paredes interiores. En el interior hay monolitos en forma de T. Estos pilares están decorados con bajorrelieves de personas, serpientes, escorpiones, jabalíes, aves, bisontes, osos y zorros. También se han encontrado tazas de piedra decoradas con motivos similares y vasijas mucho más grandes.

En este lugar no hay casas ni fuentes cercanas. En Göbekli Tepe no podía vivir nadie, estaba diseñada para reuniones temporales donde la gente se reunía para ocasiones especiales. Ni siquiera era como los templos griegos, el mismo Partenón, que poseían aparte de la gran zona de culto, reductos donde habitaban los sacerdotes. Era como una plaza o un ágora techada y sin ciudad entorno.

Cabe concluir que este lugar de culto, con sus gigantescas construcciones circulares y sus grandes pilares de piedra eran el centro de una extensa región. Las piedras en T pesan cincuenta toneladas y puede parecer incomprensible que unos cazadores paleolíticos pudieran arrastrar esos enormes bloques desde paredes rocosas a cientos de metros de distancia. Y luego levantarlos en pie. ¿Qué les movía a hacerlo?

Miles de años más tarde, está bien documentado en fuentes escritas —sale hasta en las grandes y poco respetuosas históricamente películas de Hollywood—, que los trabajadores de las pirámides de Egipto recibían grandes cantidades de cerveza. En Göbekli Tepe las fuentes no son escritas, son más antiguas e inseguras, pero se cree que las grandes vasijas, al margen de los vasos decorados, se usaron para maltear cebada y elaborar cerveza. Las más grandes tienen una capacidad de 240 litros. Los químicos han encontrado unos pocos restos de oxalatos, una sal que se forma en la fermentación de la cerveza.

Manfred Heun y sus colegas afirman que la cerveza de cebada y escanda (un tipo de trigo) fue el motor de ese lugar de culto. Y no sólo eso, sino de toda la agricultura temprana en la transición del Paleolítico al Neolítico y de la caza recolección a la agricultura. Hay muchas teorías pero ignoramos las motivaciones que llevaron a abandonar a los cazadores una forma de vida que había funcionado durante cientos de miles de años para convertirse en pioneros campesinos. La adquisición de las materias primas para fabricar vino y cerveza pueden muy bien haber sido una de esas motivaciones. Me gusta la idea. A esas personas les gustaba la carne de cerdo asada. La acompañaban con cerveza y otras bebidas alcohólicas que mezclaban con miel, uvas y cereales. Habría canciones—eso me lo imagino yo—, alegría, animación, desenfreno, fornicaciones en esta suerte de extraña y fascinante predecesora de las cervecerías bávaras. 

Hay muchas teorías, incluso enfrentadas, para tratar de explicar las causas del paso del régimen de cazadores recolectores al de agricultores. La más extendida hasta hace relativamente poco quizás confundiera causa y efecto al señalar que la agricultura surgió para permitir soportar mayores poblaciones (y de paso sedentarizarse y crear las primeras ciudades y civilizaciones, jerarquías y poder político, militar y religioso). Pero bien pudiera ser a la inversa: que no se sedentarizaran para poder ser muchos, sino que el éxito de los cazadores incremento su demografía y se hizo insostenible su forma anterior de vida. Morir de éxito se llama eso. En tanto que los agricultores hicieron de la necesidad virtud, porque los restos de ellos demuestran, junto a un mayor número de individuos, una disminución de la talla y de la fortaleza de sus osamentas. ¿O de verdad, salvo algún vegano exaltado, piensa alguien que es mejor una dieta a base de gachas de trigo y cebada (las levaduras para la fermentación para el pan se descubrieron bastante más tarde) que una a base de carne de ciervo y frutos del bosque? ¿O que cazar unas tres horas para conseguir la dieta suficiente es peor que cavar de sol a sol para obtener otra apenas suficiente, como demuestran los bosquimanos cazadores actuales frente a los vecinos agricultores bantúes? Pero la cerveza no permite seguir siendo nómadas. 

En la tranquila playa de Agia Thekla, el propietario y camarero en un inglés mejor que el mío me explica que su familia siempre ha vivido en la isla desde que existen registros mientras me sirve una 'Keo' bien fría con unas aceitunas negras y un mezze variado que incluye esos pulpitos que me entusiasman. Quizás sea un descendiente de neolíticos cerveceros. Yo a cambio le cuento este post cerrando el portatil y él me sirve otra de parte de la casa y me recomienda la mejor posada de la zona.

Göbekli Tepe. El santuario más antiguo del mundo o la primera cervecería. Digo yo que ser un poco golfos, igual que ser demasiados, quizás nos hizo avanzar, quizás a nuestra perdición, el tiempo lo dirá.