miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mi amigo raro






raro, ra
Del lat. rarus.
1. adj. Que se comporta de un modo inhabitual.
2. adj. Extraordinario, poco común o frecuente.
3. adj. Escaso en su clase o especie.
4. adj. Insigne, sobresaliente o excelente en su línea.
5. adj. Extravagante de genio o de comportamiento y propenso a singularizarse.
6. adj. Dicho principalmente de un gas enrarecido: Que tiene poca densidad y consistencia.
(RAE)



Mes con mes somos prácticamente de la misma edad, nos han pasado cosas parecidas y otras no (él estuvo en la cárcel, yo no, por ejemplo). La  misma Historia (nótense las mayúsculas) nos ha pasado por encima, pero no de la misma forma, porque, como dijo alguien, una cosa es lo que la vida nos hace y otra cosa es lo uno hace con lo que lo que la vida le hace. Pondré una serie de ejemplos elegidos por él (además, la única forma de hacerle justicia es plagiándole), y así me centro. 

A ese viejo amigo Lo que el viento se llevó (y lo que el culo te dolió, decíamos de chavales, dada la longitud de la peli) le pareció siempre un tostón insoportable, además de racista, con un Clark Gable tan adocenado como solía y una esclavista de mierda poniendo a dios por testigo de que nunca más va a pasar hambre (cosa que no pueden decir millones de personas entonces y ahora).

A ese mismo amigo, ateo y anticlerical por la gracia de dios, le dejó frío el tan celebrado (valga la doble acepción) por la progresía Concilio Vaticano II. Aggiornada o no los conclaves geriátricos de la vieja institución no le 'ponían', como se dice ahora.

De la Guerra de Vietnam sacó la conclusión de que era muy cierto que en las guerras lo primero que muere es la verdad.  

Por orden de aparición masiva, las sagas de Star Wars, El señor de los anillos, Harry Potter, Juego de tronos y demás sortilegios de la cultura popular compartida se la sudan por completo. 

También dice huir de la actualidad política, aunque ahí le creo menos, porque está siempre asombrosamente bien informado, aunque contribuyera a finales de los 90 a fijar en los estatutos de una tertulia el siguiente artículo: “Quedan prohibidas todas las discusiones susceptibles de ser tratadas en el Congreso de los diputados”.

Es lector, claro, pero se tiene prohibidos los premios Nobel recientes y lo que lee todo dios. Explica que si no los ha leído antes de que les dieran el dichoso premio no los va a leer ya. De hecho, sostiene que ya ha leído a todos los que les van a dar el premio en los próximos veinte años.

Uno podría pensar que va de original, pero no, conociéndole se ve bien que no, lo que pasa —lo que le pasa— es mucho más raro: es que es original. Porque en cambio le fascina que el rey Sol de Francia, Luis XIV, naciera a los diez meses de gestación y que no fuera hijo de Luis XIII, el rey putero, sino de un cardenal no menos putero, y ante eso, claro, lo de las sagas mencionadas, por muy truculentas que se pretendan, le parecen entretenimientos de chiquillos. 

Actuando con esa discrecionalidad claramente elitista, mi amigo se podría perder todas las alusiones escondidas en esos subproductos de la cultura de masas que compartimos todos. Lo sabe, pero si se lo haces ver te responderá que eso también es una ventaja y no un hándicap. 

Es de las pocas personas que conozco con las que nunca me aburre discutir.


 


viernes, 8 de diciembre de 2017

Barcelona-Berlín, un eje que cruza la Historia




Siempre me ha fascinado la historia europea de los años treinta del pasado siglo. Ahí empezaron a joderse muchas cosas buenas que parecían consolidadas. Primo Levi afirmaba que si algo inaudito ha sucedido es prueba de que puede volver a suceder. Algunos lo convierten en el aforismo de que el ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y eso sin negar, al contrario, que en política —en la historia— no hay nada seguro, que el futuro es una página en blanco. Hay, sí, tendencias, probabilidades mayores y menores, pero nada más, ni nada menos. Francamente, yo esa página en blanco, por aquí y por allí, la veo llena de borrones. No hay nada estable, todo lo sólido se desvanece, dijo don Carlos, lo que nos une al mundo es la inteligencia, digo yo y otros.

Que una ciudad tan acogedora como Barcelona se haya convertido en el escenario de un grupo de políticos básicamente nacionalistas, vergonzantemente xenófobos, que alardean de ser más demócratas que nadie y más bondadosos precisamente porque han roto el consenso de las normas de convivencia en lugar de intentar cambiarlas con los medios disponibles, me recuerda, a mí, que soy muy soñador, el Berlín de la República de Weimar. Woody Allen decía que cuando oía a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. A mí, llegado este punto, cuando oigo Els Segadors o mi antaño emotiva Estaca, me entran ganas de largarme a Cádiz.

Hay elecciones dentro de pocos días, no ha comenzado sino que se ha incrementado el ritual de consignas, las tempestades de banderas; lo contrario a la reflexión y el pacto. El asunto es tan grave que la duda no es ya si podrá subsistir una Cataluña sin el resto de España y una España sin Cataluña, sino si podrá subsistir a medio plazo una Europa con su caro modelo actual, en el que los países tan imperfectamente unidos puedan seguir siéndolo si siguen surgiendo movimientos populistas, aislacionistas, xenófobos y racistas que tanto recuerdan o deberían recordarnos a la Europa de los años treinta previos a la Segunda Guerra Mundial, la de los fascismos y los nacionalismos.

Abandonemos las monedas únicas, las disposiciones legales conjuntas, cerremos las fronteras; ya que dista de ser perfecta, olvidémonos de la Unión Europea, resaltemos la riqueza de lo que nos separa y olvidemos la rutina de lo que nos une. Es posible lograrlo a condición de que no lo manifestemos tan abiertamente, sino que aboguemos por asuntos emotivos, como un Gibraltar español o una Cataluña independiente, por nuestro querido país, el que sea.

Siempre existe una tensión entre un sano realismo o enfoque pragmático y los principios; ambos aspectos son necesarios, pero a largo plazo debe prevalecer el compromiso con los principios. O si se prefiere, los principios son estratégicos y los enfoques pragmáticos son tácticos. El nacionalismo catalán, como todos los nacionalismos, está errado doblemente: en sus principios frente al ciudadano y al individuo y en su realismo o pragmatismo en el contexto de lo deseable y lo factible en el mundo de hoy. Hablando claro: las ideas nacionalistas son erróneas en sus principios y poco prácticas. 

Puede que los nacionalistas independentistas, tan antiguos pero siempre renovados, más pesados que estúpidos o aún más estúpidos que pesados, descubran, como en la obra de teatro de Sartre, primero que están muertos y luego que están en el infierno. Yo no voy con ellos, pero ¿Y si me arrastran?