lunes, 19 de febrero de 2018

Machotes, no hagáis el Telémaco (más sobre feminismo masculino)





En mi versión del Génesis, es decir, la que yo escribo o pudiera escribir si me diera por ahí, "Dios inventó el tifus, la antropofagia y el incesto y vio que era bueno". De igual forma, hay que ser obstinada e innecesariamente burra para inventarse lo de ‘portavoza’ y quedarse tan a gusto ante público, micrófonos y cámaras. Por mi parte, ni digo ni pienso decir nunca ‘todos y todas, ellos y ellas, niños y niñas, jueces y juezas, periodistos y periodistas’, sino que reivindico el uso epiceno de ‘todos, ellos, niños, jueces y periodistas’, como de leones o focas. Lo hago por respeto al idioma, no como desdén ni mucho menos por falta de respeto a las mujeres. A cambio, leo la Odisea entre otras cosas para comprobar que lo que milenios atrás era normal hoy sería bastante machista, aunque también magníficamente masculino y heroico. El caso es que en el primer canto del maravilloso poema, Penélope desciende de sus aposentos privados (el gineceo ha existido desde siempre en Occidente) a la gran sala del Palacio y se encuentra a un aedo que canta, para la multitud de gorrones y pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Lógicamente el tema la entristece, esperando como está a su marido Ulises, y le pide ante todos los presentes que elija otro más alegre. Entonces, inmediatamente, un muchacho recién salido del cascarón, Telémaco, hace callar a esa Penélope sagaz, vivida y madura, y aunque lo haga de forma educada (pero terminante), hay algo vagamente ridículo y vergonzante en este episodio para un lector de hoy: “Madre mía vete adentro de casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… El relato estará a cargo de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues el gobierno de la casa” (Canto I, 325-364, traducción de Carlos García Gual). En aquellos tiempos, para hacerse hombre había que aprender a hacer callar a las mujeres. ¿Seguimos en las mismas?

Para el conjunto de las ideas convencional y mayoritariamente aceptadas en cualquier época, lo que se ha dado en llamar el pensamiento dominante, he usado en varias ocasiones la metáfora del tejido que tenemos sobre las cabezas, la trama que los genios de cada época rompen para ascender a un plano superior, lo que denominamos vagamente progreso, y por cuya grieta finalmente termina ascendiendo el resto de la sociedad. Están quienes ‘inventan’ la electricidad, o la luz eléctrica para ser más concreto, haciéndonos abandonar el impreciso encanto de sombras fluctuantes de esas otras iluminaciones primitivas de candiles, antorchas y velas, pero luego está el resto social que se instala normalmente con sorprendente seguridad, como un asunto de toda la vida, en ese nuevo mundo iluminado por bombillas y no por fuegos. Y eso es mucho más que un mero avance técnico, se cambian las reglas del juego de la vida de las gentes, desde el ocio al trabajo, desde la seguridad al ocultamiento. Y es solo un ejemplo. Mírese lo que han supuesto los móviles smartphones, ya nadie parece dispuesto a vivir sin ellos ni siquiera un ratito y es posible que en un futuro inmediato necesitemos lazarillos que conduzcan al resto de hipnotizados humanos pendientes de sus pantallas para que no se vayan chocando con sus semejantes o con esas farolas de  luz tan eléctrica. El caso es que los que desgarran esa trama son esos pocos genios que nos cambian la vida a todos, lo sepamos o no, el resto la masa amorfa (al menos respecto a eso) que atravesamos esa grieta/dimensión.

Si esto sucede con los avances técnicos no digamos en el ámbito de las ideas, de las estéticas y de las éticas, que revolucionan el mundo tanto o más que las innovaciones y los inventos técnicos. El primer tipo que advirtió la aberración de ser dueño de otros seres humanos y contribuyó a acabar con la esclavitud. Un caso más próximo en el tiempo, de nuestro tiempo es el del feminismo. Muchas de las mujeres que siguen rompiendo —para ascender a un plano superior, para progresar, no lo olvidemos— las patriarcales estructuras vigentes desde hace miles de años, aunque suavemente modificadas, han tenido madres sin esas posibilidades: de votar, de ser dueñas de su patrimonio, de viajar sin tutelas de maridos o padres, etcétera, un decisivo etcétera. Se suele llamar su techo de cristal, su habitación propia (Virginia Woolf dixit), asuntos que a los varones nos vienen dados de nacimiento y por nacimiento. Por supuesto, hay otras discriminaciones, entre pobres y ricos, sobre todo, pero si eres mujer del llamado tercer mundo, oscurita de piel y pobre, sales a la vida con un hándicap pesadísimo.

Bien. Mi idea es que por esos desgarrones penetran luego las avanzadillas de lo que será usual en el futuro, pero, inevitable y lamentablemente, en esa masa que se cuela por el agujero de la muralla no derribada pero perforada (nueva y misma metáfora que la de la malla de tejido o el techo de cristal) ya no penetran solo genios reflexivos, sino los siempre mucho más abundantes zopencos convertidos superficialmente que suelen ser los más vociferantes y menos dialogantes. Con el feminismo pasa. Por eso es tan gratificante escuchar (con los ojos, es decir, leyéndolas) a feministas tan sumamente inteligentes como la historiadora del mundo grecorromano, Mary Beard o como la excelsa escritora recientemente fallecida Ursula K. Le Guin, para compensar tanta zafiedad vociferante, que solo se hace buena porque su causa lo es, pero no demasiado a menudo por su forma y modos de argumentar. El fin nunca justifica los medios, sino al revés: son los medios empleados la condición necesaria aunque no suficiente (se precisa que el objetivo, el valor intrínseco del  fin también sea justo y válido). Así que cada vez que una feminista alza en exceso la voz y confunde masculino con machista pierdo interés en sus motivos, aunque creo compartir sus fines. Cada mujer liberada me libera a mí.

Existen infinidad de razones para adentrarse en la Odisea de Homero, y sería un crimen cultural si sólo la leyésemos para investigar las fuentes originarias de la misoginia occidental: es un poema que explora, entre otras muchas cosas, la naturaleza de la civilización y la “barbarie”, del regreso a casa, de la fidelidad y de la pertenencia. Aún así, la reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca en público es un acto que todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia. “Por qué no te callas” le dijo un Borbón a un militarote venezolano. No me gustó oírlo, aunque en esta orilla del Atlántico muchos lo celebraron pese a que demuestra una pobreza de argumentos mayor que la del espadón.  Pero más me repugna cuando oigo a un varoncito inseguro y fanfarrón, sea marido, novio, pareja o lo que sea, eso mismo dirigido a una mujer, solo por serlo, sin más argumentos. Pero  también es cierto, creo, que feminismo inteligente debería ser una expresión redundante.

Mary Beard, septiembre de 2017 (Women & Power)
Ursula Le Guin: Contar es escuchar., 2017

lunes, 12 de febrero de 2018

De la provocación como progreso y libertad de expresión (y otros casos y cosas)




Todos empezamos por amarnos a nosotros mismos con naturalidad y sin egolatrías forzadas. Al principio no necesitamos vernos, nos tocamos. No hay más que contemplar como un bebe sano y saciado antes de dormirse se agarra su propio pie y sonríe a la nada cuando aún no es ni siquiera capaz de enfocar con precisión y ver. Más adelante viene la fascinación por los espejos que nos devuelven una imagen cándidamente satisfactoria; el niño se mira en el espejo sin especial vanidad y con la mera satisfacción de reconocerse: ese soy yo y me gusto. Pero más tarde surge la obsesión por lo perfecto, la comparación con otros y, en los casos más extremos, el odio a sí mismo, incrementado por el paso devastador del tiempo. Calvos, gordos o poco atléticos, acabamos resignándonos u odiándonos. Envejecer sabiamente es aceptarse. Pero quien no siente compasión por uno mismo, y por tanto por los demás, olvida al niño que una vez jugó con su propio pie. La tarea de destruir la autoestima, en un niño, en una pareja, es una de las más irreparables maldades en que se puede incurrir. Habría menos maldad en el mundo si hubiera más amor ¡Vaya obviedad! 

—Quiero decir, más autoamor
—Esa palabra no existe. 
Pues debería.

Además de los abusos, daños físicos, psicológicos y sevicias diversas entre el maltratador y su víctima,  está la falta de sinceridad de aquel; por ejemplo, no se daría nunca este diálogo:

—Ya no te amo, déjame ir.
—Yo a ti tampoco, por eso te mato.

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La ciencia moderna, en especial la física avanzada, continuamente nos enfrenta al concepto de realidad y a la posibilidad o a la imposibilidad de aprehenderla más o menos intuitivamente. Paradojas cuánticas. Estrellas de neutrones, combates del sistema inmunitario contra invasores ultramicroscópicos, radiaciones gammas, flujos de magma… Todo lo que no conocemos, esa inmensidad es  más la realidad que lo mínimo y prosaico que nos sucede. O sea, que la realidad más real (¿o más irreal?, quizás menos intuitiva, perceptible) es cosa de la ciencia y de los que nos interesamos por ella, y la más subjetiva, más intuitiva, la que creemos la única realidad la mayoría de los humanos, es menos realidad en el fondo, pero nos duele y nos complace más. O es al revés: la realidad es lo que percibimos, bien poca cosa.

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De la masa unánime, monótona, del tupido o laxo tejido de convencionalismos, de lo comúnmente aceptado y aceptable en cada época, surgen unos pocos, siempre pocos individuos que rompen esa trama y por esos huecos asoman y nos asoman a otras percepciones, nos elevan, nos permiten ascender a otro plano, dejando atrás en inferior y su agujero; nos hacen avanzar, esos pocos, pero antes nos provocan, nos escandalizan. Creo que una gran mayoría de los hombres que han hecho progresar al mundo, sea lo que sea eso, sean quiénes sean ellos, Sócrates, Descartes, Da Vinci, Voltaire, Rousseau, Darwin, Freud, Delacroix…, lo han hecho provocando al resto de sus contemporáneos. Algunos con esa intención, otros, quizás los más, inadvertidamente, como un efecto inevitable y tal vez indeseado. De ahí no se deduce que provocar por provocar sea bueno per se. Ni malo. De hecho, cuando el arte dejó de buscar la belleza para buscar la provocación no pasó nada, salvo que el arte dejó de ser bello y, quizás, una vez dejó de contrariarnos, empezó a ser aburrido. 

Un hombre camina con el pene asomando por su bragueta abierta. Eso es más obsceno que un hombre caminando completamente desnudo. El hombre desnudo es viejo. Eso es más obsceno que si el hombre desnudo es joven y bien formado. El hombre que camina con la bragueta abierta y el pene asomando lo lleva erecto, ¿es eso más obsceno que si fuera en reposo? El hombre del pene asomando por su bragueta abierta va elegantemente vestido, o bien va harapiento, ¿qué es más obsceno? En principio no deseo ver inesperadamente el pene a nadie a quien no se lo haya pedido (y dudo que lo haga), y supongo que lo mismo le pasará a la mayoría, en eso reside la provocación.

Pero para mí es más obsceno el caso real de esos individuos haciéndose selfis con Arnaldo Otegui a pocos metros del Hipercor de la avenida Meridiana de Barcelona, donde explotó la bomba de ETA. Treinta kilos de amonal, cien litros de gasolina, escamas de jabón y pegamento, hasta doscientos kilos: un coche bomba, no una bragueta abierta, o sí, la bragueta abierta de los desalmados.

Concluyo que lo obsceno reside en lo subjetivo, pero compartido, y que reside en el ojo de los escandalizados más que en lo que nos escandaliza, que varía de un tiempo a otro, de un lugar a otro. Aquí los jóvenes, con todo el derecho se colocan feos (para mí) aros en la nariz. Estoy seguro que ignoran y quizás no les importa que esos mismos aros en ese mismo sitio de la cara, en la India les fuerzan a ponérselos a las adulteras.

Paso caminado rápido por la acera ante la puerta de una iglesia en plena salida de misa. Apenas me dejan pasar. Siento tentaciones de gritar “¡Paso a un ateo, joder!" Pero no lo hago por respeto, por no provocar gratuitamente. Demasiado a menudo siento vergüenza ajena porque otros no la sienten propia. La intención de provocar la marca el contexto. Si yo entro en plena iglesia en una misa y alzando un megáfono grito “¡Dios no existe!” —cosa de la que estoy convencido, pero eso es irrelevante para el caso—, eso es provocar. Pero si yo escribo, y lo estoy haciendo, eso mismo en este blog, eso no es provocación, que me lea el que quiera, me ampara mi libertad de expresión, o eso espero. 

Por cierto, el hombre obsceno de mis primeros ejemplos, lo es, y provoca, porque se supone que los demás humanos (el contexto) vamos vestidos, pero en un campo nudista no hay tal obscenidad (bueno, sí, si va vestido, pero con la bragueta abierta).

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Bienvenidas las recientes campañas y denuncias en aluvión contra los abusos sexuales a las mujeres, pero no deberían convertirse en persecuciones sin réplica posible, sin posibilidad de alegaciones, sin matices, en arma de represalias injustas. Ponerse de parte de las víctimas inocentes no puede implicar crear nuevas víctimas inocentes, varones falsamente acusados, aunque sean pocos. Condenamos sin medias tintas a los violadores y abusadores, pero eso no es una patente de corso para perseguir a cualquier varón heterosexual, aunque sea machista o micromachista como se dice ahora. Hay que educar antes de castigar. En cualquier caso, convendría saber manejar la frontera entre machismo, inaceptable, y masculinidad, inevitable y hasta agradable para muchas mujeres y hasta hombres.

martes, 6 de febrero de 2018

Política en España; reflexiones deshilvanadas, desinhibidas y destiladas en el alambique de mi mala leche



A todos mis amigos y conocidos que contribuyeron modesta o heroicamente a instaurar el “Régimen del 78”, que hicieron política en el mejor sentido de la palabra y luego, pudiendo o no,  no quisieron hacer de ella su profesión. Un privilegio haberos conocido.






«La definición aristotélica del hombre como zôon politikon no sólo no guardaba relación, sino que se oponía a la asociación natural experimentada en la vida familiar; únicamente se la puede entender por completo si añadimos su segunda definición del hombre como zôon logon ekhon (“ser vivo capaz de discurso”).[...]. En sus dos definiciones más famosas, Aristóteles únicamente formuló la opinión corriente de la polis sobre el hombre y la forma de vida política y, según esta opinión, todo el que estaba fuera de la polis –esclavos y bárbaros– era aneu logou, desprovisto, claro está, no de la facultad de discurso, sino de una forma de vida en la que el discurso y sólo éste tenía sentido y donde la preocupación primera de los ciudadanos era hablar entre ellos».
Hannah Arendt, La condición humana (el subrayado es mío)

Os diré lo que da pena y es de pena en España. Ser español. Y si además de español eres catalán ni te cuento. Enseguida me explico. Miro a mi alrededor y no me reconozco entre tantos de mis compatriotas; alzo la vista arriba, hacia el poder, y tengo que vomitar. De momento, quedémonos con esa sensación, vaga o no tanto, de ser esclavos o bárbaros expulsados de la polis; y qué bien que lo cuenta Hannah (sin sus hermanas). Pero antes pido perdón de antemano, no sigáis leyendo si aspiráis a una organización sistemática. Estas son unas deshilachadas reflexiones que me suscita el pésimo panorama político en España. En otros sitios están peor, y la prueba es que muchos quieren venir aquí; en otros sitios están mejor, y la prueba está en que sólo vienen de turistas. 

La política, femenino singularque me disculpen, o no, las feministas ultrajadas/bles, es una prostituta que no contrato sino que se me impone y una gran dama de la que no puedo ni debo ni quiero prescindir. No ofrezco soluciones, salvo una, quizás enloquecida; sólo un triste diagnóstico, que es por donde hay que empezar toda curación. Y advierto que de forma genérica no dejaré de llamar democracia a la nuestra por mala que sea (¡Régimen del 78, qué sabrás tú chiquillo!), pero reconozco debilitadas y endebles a nuestras instituciones; mediocres, veniales y banales a nuestros políticos y —algo que se evita mencionar por razones obvias por los anteriores— ignaros manifiestamente mejorables a mis conciudadanos. 

Qué sonrojo esas previsibles votaciones atentos a la orden, esos unánimes aplausos tan predecibles como los de los concursos de la tele. Esas vergonzosas adhesiones inquebrantables. Guy Debord lo denominó la Sociedad de Espectáculo. Pues entonces, por favor, dennos un buen espectáculo, respétennos al menos como espectadores que hemos pagado entrada y además no podemos mirar hacia otro lado. Nos afecta. Y ya puestos a no ser egoístas y a mejorar la democracia en todo el mundo y de todo el mundo, yo reclamo mi derecho, y el de tantos como yo, a votar en las presidenciales de Estados Unidos y, más modesta pero relevantemente, en las autonómicas y referéndums de Cataluña. ¡Yo quiero votar: denme la oportunidad de hacerlo! Pero ofrézcanme escenarios y opciones de interés. Más de lo mismo me quita el apetito.

Cuando veo los problemas políticos que nos asedian en España no miro a Suecia o a Dinamarca. Eso sería como ser cojo e intentar compararse con Usain Bolt o rematadamente feo y hacerlo con George Clooney. Lo hago con Italia, nuestra hermanita estilosa, que siempre ha tenido instituciones débiles, pero partidos fuertes, como su brutal Democracia Cristiana, y su resistente y correoso PCI (hasta que llegó su hora, hace relativamente poco). España en cambio, a pesar de su salida triunfante de una dictadura o quizás debido a eso, ha tenido y desgraciadamente aún tiene instituciones débiles, tribunales de cuentas y órganos de intervención de risa, fiscales y jueces con más talento para ser correas de transmisión de los partidos que para elevarse como brazos dignos de un poder independiente; una hacienda pública acostumbrada a darnos latigazos a los de abajo y besitos a los muy ricos; unos sindicatos groguis como boxeadores sonados a los que les llueven hostias desde dentro y desde fuera hasta el punto que los más aviesos dicen que habría que suprimirlos (la trinchera se desmorona, sí, pero es la última frente al tanque capitalista que se aproxima) y un frustrante y doloroso etcétera. 

Eso, y no sólo votar cada fin de semana en orinales, cubos de basura y barreños improvisados donde rezan los soberanistas catalanes, tan piadosamente demócratas, es lo que confiere calidad a una democracia. Como tampoco basta el respeto a las leyes (además, en España la única ley interiorizada por casi todos es la de la gravitación social: dar patadas hacia abajo, codazos a los lados y lamer culos hacia arriba), como proclama la otra parte enfrentada, el Gobierno de España, más precisamente el PP, sino la existencia de contrapesos eficaces a esos poderes ejecutivos y legislativos y ya que estamos, judiciales y hasta empresariales “bien relacionados” con el poder, hablando en plata, corruptores. Ahora Italia ya no tiene ni siquiera partidos fuertes, como España; mal de muchos, consuelos de bobos.

Allí tienen a Beppe Grillo, un payaso interesante, pero un payaso. Que los bufones sustituyan a los monarcas no garantiza el bienestar de los súbditos y el buen gobierno, simplemente no notaríamos la diferencia. Aquí tenemos a los dos nuevos partidos que han roto con la monotonía frustrante del bipartidismo consuetudinario. No sé qué parte, qué porcentaje aproximado del éxito de Ciudadanos se debe al fracaso del PP, y en menor medida del PSOE, y qué parte a sus méritos propios que yo personalmente no advierto. Como no sé qué parte del éxito inicial de Podemos (de ilusión también se vive, pero no para siempre, chicos), éste ya más bien conjugado en pasado próximo, si existe ese tiempo verbal, se debe o debió al momificado PSOE y al eterno marginal IU. Al experimentado PP, fracasado de éxito, invulnerable ante sus empecinados votantes, que son tales para cuáles, aunque esté lógica pero cínicamente de moda halagar a los mismos, vacunados de la corrupción inoculádose en el día a día corrupción chiquitita, IVA mediante, siguiendo el dictado de Oscar Wilde de que la mejor forma de luchar contra los vicios es caer en ellos, a mí nunca me ha preocupado tanto la existencia política de un Aznar, pongamos por horrendo caso, como el increíble respaldo de sus obcecados millones de votantes, sólo le queda aguardar a que Cs fracase por sus propios "méritos". Lo mismo al PSOE con Podemos. De Izquierda Unida, como de sus fraternos italianos del PCI, nada qué decir, salvo reconocerles su honroso pasado y que no hay peor enemigo que uno mismo. 

Los nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos y sus mareas y alianzas diversas, han conseguido insuflar cierta ventilación en el ambiente enranciado del bipartidismo español, pero ellos mismos rápidamente y quizás para sorpresa de los más lúcidos, se han convertido en casta, en clase privilegiada de los políticos, porque desde siempre, desde los albores de nuestra civilización y cultura, desde Maquiavelo, y aún antes desde Aristóteles, lo viejo en política regresa una y otra vez. Ellos son ya viejos, tal y como ellos definieron viejo. Y como dejó dicho el genial Nicanor Parra, recientemente fallecido, la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas. Sobre todo si la autodenominada izquierda se dedica a reinventar, o al menos a confraternizar con los nacionalismos del XIX y a olvidar los internacionalismos del mismo siglo, a reivindicar derechos laterales y obviar deberes centrales, a resaltar lo que nos diferencia en vez de lo que nos une, generando nuevas/viejas formas de censura y jugando a lo políticamente correcto, maltratando a la pobre gramática y demás chuminadas por el estilo. Dado que la derecha, según mi firme convicción es intrínsecamente malvada e hipócrita, pero no tonta, la izquierda nunca debería ser gilipollas ni apática. Porque los votantes de izquierdas sí que castigamos a los "nuestros", al reves que la derecha a la que unen más los intereses que las ideas.

Obviamente urge una reforma electoral, pero no me refiero a la que ahora reclaman los que antes se beneficiaron de anteriores formas poco justas. Primar a los ciudadanos sobre los territorios, es decir, sin salir de Cataluña, dar igual peso al voto de un barcelonés de la ciudad que al de un leridano del campo, es a mi modo de ver de justicia  y de paso una forma de evitar —tontadas taberniales al margenlo que predijo Larra: «Aquí yace media España, murió de la otra media». Pero yo no me refiero aquí a eso. Me refiero a implantar el voto negativo. Desde que tengo derecho a votar acompañado de uso de razón, siempre he votado contra algo, y así a veces he votado al PSOE como el mal llamado voto útil para votar contra el PP. Llámame tonto y ni siquiera me des pan. Lo único que propongo ahora, —como me lo viene sugiriendo mi amigo Angelito desde hace tiempo— es crear directamente el voto negativo. Si, por ejemplo, y es un ejemplo muy real, estoy harto del PP, no voto al PSOE, que también me tiene harto, sino que le quito un voto (o se lo doy negativo) al PP sin necesidad de dárselo positivo al PSOE que tampoco se lo merece. El único problema, si es que lo es, es que algún partido puede que terminara el recuento en negativo y entonces en lugar de nombrar un diputado habría que... ¿qué? Esta sería una fórmula para corregir ese abuso de la estadística que decía Borges de la democracia. Por supuesto, en una segunda vuelta, que se haría imprescindible para conseguir parlamentarios y presidente, no se podrían presentar los candidatos que hubieran tenido recuentos negativos.

Todos los derechos —niños y mayores, repitan conmigo— llevan aparejados deberes, como debe ser si no queremos comportarnos como exigentes adolescentes malcriados y enfurruñados, sino como adultos impecables y cívicos ciudadanos, valga la gloriosa redundancia. Deberes que atañen en primer lugar a los dirigentes políticos. Por ejemplo, reclamar derechos los políticos fugados no es de recibo sino van acompañados de deberes, empezando por el deber de acatar las leyes como todo hijo de vecino. Todo cargo electo tiene el derecho a ocupar su escaño o el asiento que toque, pero el deber de intentar cumplir sinceramente sus promesas y de paso, y ya que están donde están, donde les hemos colocado, no robar dinero público. Puede, si se atreve, robar dinero privado, el que no es de todos sino de alguien, como cualquier chorizo o robagallinas, renunciando, como estos, lógicamente a la impunidad. (La impunidad ostensible y hasta ostentosa de tanto poderoso es otra de nuestras más graves asignaturas pendientes e incluso pertinaces en la que siempre suspendemos, como nuestros estudiantes en las pruebas de lenguaje o de habilidad matemática. No creo que los pulcros y respetuosos suizos, verbi gracia, sean mejores en todo que nosotros, en algunos aspectos estoy seguro de que hasta son peores, pero allí, el que la hace la paga; menos los banqueros que sostienen el tinglado llamado Suiza). En este país lo público se ignora y desprecia, desde el suelo público al dinero, de ahí que se burlen o soslayen las normas urbanísticas igual que a Hacienda, colocando uno o cien chalés en una vía pecuaria o llevándose el dinero  de todos nosotros a un paraíso fiscal. Dos casos de ese mencionado desprecio, el primero aún más grave, aunque no se perciba así, porque el dinero se puede reponer, pero el territorio usurpado y destrozado no. Casi es un problema de lógica o de metafísica, ya que aquí no se considera que lo público sea de todos, sino de nadie, es decir, del primer listo que llegue, se lo "encuentre" y, claro está, se lo quede.

El descredito de los partidos políticos, extensivo a los políticos, bien merecido a mi juicio, lleva aparejado un peligro tremendo, que es extenderlo también a la política, que hasta nos define como especie animal —y no hay tipo más reaccionario, más animalucho sin más, que un apolítico, que no descreído de la política. Y no, no podemos caer en eso, la política es demasiado importante para dejarla sólo en manos de esos mediocres profesionales. Por otra parte, no todos los políticos son iguales (la broma sería añadir, que los hay más iguales que otros). Pero la organización de los aparatos políticos, de los partidos, tan insustituibles en las democracias parlamentarias como manifiestamente mejorables, tienen dos vicios graves, ambos relacionados entre sí, la propensión al nepotismo frente a la meritocracia a la hora de promocionarse internamente y la disminución de la lealtad hacia sus electores frente a la lealtad al aparato que les coloca en dis-posición de ser elegidos. La meritocracia inversa, la plutocracia. Ambos aspectos, que suelen abordarse bajo la difusa receta de mayor democracia interna lo que suele dejar las cosas como ya estaban no nos puede impedir señalar diferencias relevantes entre los políticos, incluso esbozos de clasificaciones. Una evidente es que hay dos clases de políticos, los que solucionan problemas y los que los crean, abundando más, me temo, los segundos. Evidentemente, no suele darse el caso de políticos que crean problemas por el gusto de hacerlo, una suerte de agentes entrópicos, aunque a veces suceda por simple incompetencia, pero por lo general esos políticos generadores de problemas lo hacen porque consideran, acertada o erradamente, que eso les conviene a ellos o a sus partidos o a ambos. Bajo esta perspectiva se pueden entender muchas situaciones en España, por ejemplo y más concretamente con el problema catalán, y tanto desde un ‘lado’ como desde el otro.

Otra posible clasificación, que algunos propugnan abandonar por inoperante de forma, a mi juicio, apresurada, es la clásica de izquierdas y derechas. Curiosamente, y ni hace falta preguntarse por qué, nadie quiere reivindicarse de derechas, para eso se ha inventado esa difusa zona, atrayente para tanto navegante en política como un agujero negro, que se llama "Centro" Para mí está clara la distinción, incluso sirve como prueba o test para ver si una organización o persona o cosa que se reclama de izquierdas lo es realmente. La derecha es fácil de definir, con todas sus variantes desde el clásico conservadurismo al neoliberalismo ultracapitalista. La cultura política de derechas es aquella que considera los privilegios, incluida la impunidad, como un orden natural de la vida, como si se trataran de leyes naturales. Por eso no importa que la mujer del César sea honesta siempre que finja parecerlo. No es doble ni triple moral, es que tienen una para cada ocasión, como los vestidos de fiesta o como las convicciones de Groucho. Por tanto, poco se puede esperar que las cosas mejoren bajo su mandato para aquellos que carecen de tales privilegios, sean clases sociales trabajadoras o inmigrantes, tanto da, mujeres o niños pobres. Ellos sustituirán la justicia social y equitativa y la igualdad de oportunidades por caridad, que siempre es graciable y optativa. 

La última vez que voté lo hice en un Instituto de Enseñanza Media de mi barrio y me encontré en una papelera un ejemplar de una buena edición de La Cartuja de Parma. Por una vez no salí con la sensación de haber perdido la mañana. Pobres de nosotros, votantes; por un lado tenemos lo que nos merecemos, o lo que merece una mayoría y el resto lo padecemos como un abuso de la estadística, como dijo Borges. Por otro lado, lamentablemente, sólo muy de tarde en tarde nace un Nelson Mandela. El resto es la unánime mediocridad, quizás no mayor que la del gremio de los panaderos, pongamos por caso de interés, pero más relevante para todos. Un buen pan puede costar encontrarlo, un mal político siempre te encuentra a ti, tropieza contigo y te arrolla o se te pega, como cualquier parásito.