lunes, 15 de enero de 2018

Mi profesión de fe patriótica




Rara vez se valora lo que se tiene desde siempre. Es una suerte vivir en países en los que también quiere vivir mucha gente, incluidos los que llegan de otros menos afortunados, y al revés, los que habiendo nacido en ellos no pueden quedarse, aunque a veces no seamos muy conscientes. Países “acomodados”, como los burgueses de antes, que habitualmente se les suele denominar ‘ricos’ o ‘desarrollados’ (¿con buenas tetas y caderas, altos o qué?). Países de nuestro entorno, occidentales, y tal. Vivimos en ellos, amiguitos, y algunos además sabemos que es una suerte no haber nacido en Somalia o en Bangladés, aunque sus habitantes sean más apuestos y o más hacendosos, pero sus pasaportes cuando los hay, que no ellos ni sus países, no valen una mierda. 

Vivir en uno de estos países, de Inglaterra a España, es como vivir en un país con dilatado pasado, a menudo glorioso, frecuentemente vergonzoso, que ha terminado dejando por doquier huellas suntuosas en piedra que hacen las delicias de los turistas más cultos, pero vivir en uno de estos países también da la impresión de vivir cada vez con menos futuro. Geriátricos amurallados para que no entre la vigorosa gente joven con más impulso vital, otros colores y ansiedades que huye de sus países también sin futuro por otras razones. En realidad, el futuro, de ellos y de nosotros, lo llevan los migrantes como equipaje de mano, es su heroico empuje, casi suicida aunque es lo contrario, por una vida mejor. Y llegan a estos parques temáticos lleno de edificios bonitos y ciudades con centros históricos. Aquí recibimos a los turistas con los brazos abiertos y a los migrantes con los puños cerrados. Por eso resulta tan curioso que en España, al revés que en Inglaterra,  no haya prácticamente conservadores en sentido estricto entre las gentes de derechas y que la defensa de las llamadas tradiciones corra a cargo de ignorantes individuos rústicos que además eligen como tradiciones a conservar las más desagradables y brutales y como único argumento que son eso, tradiciones muy tradicionales (y al que no le guste que no venga, vamos, tío, decapita a ese pato, alancea a ese gato, defenestra a esa cabra).

Pero resulta que España es mi hogar, para bien y para mal, nunca mejor dicho. Me parece que todavía es bonito en aquellos rincones cuya belleza no haya sido detectada aún por cualquier empresario constructor. Me gusta su comida, sus gentes cuando no forman muchedumbres y su clima cuando no es pleno verano. Bien es cierto que es una selva de monos que últimamente se van chocando unos con otros mirando las pantallas de sus móviles, que esta es una democracia de necios, que a veces corrompen el juego limpio desde las llamadas altas esferas, pero si quieren saber lo que es juego sucio instálense en un país del llamado antes Tercer Mundo. Y hay libertad ‘de momento’ hasta para decir que el Borbón padre fue un golfo y que del hijo no se sabe si va o viene aunque no sea gallego. Sigo con decreciente interés su tragedia y su comedia, a menudo su mezcla esperpéntica. Nuestros líderes no son temidos ni admirados por ahí fuera y hace mucho que no tenemos figuras de la talla de un Nelson Mandela o un Olof Palme o un Willy Brandt. Pero me gusta que estas mediocres figuras políticas de las que disponemos y probable y penosamente nos merecemos una ciudadanía estadísticamente tan mediocre como los políticos que elegimos, lejos de ser idealizadas, salvo por los tontos de baba de siempre, sean objeto de mofa y ridiculizadas sin ningún temor. En esta atmósfera social y disponiendo de buen jamón y otras viandas, mares calientes al este y el sur y fríos al oeste y al norte (que prefiero), difícilmente se encontrará un país mejor para vivir, aunque para malvivir sirva también a muchos, demasiados.

Sin embargo, aunque te puedas pitorrear impunemente del presidente del gobierno, y motivos hay de sobra, no se te ocurra hacerlo de cualquier gremio, da igual que sea el de carteros que el de costureras remendonas o dentistas. A los escritores y artistas no se les permite ofender. No hay que cuestionar, criticar, mucho menos insultar a nadie. Lo políticamente correcto es una sopa espesa que impide nadar con soltura y los límites entre un flirteo amable o insistente y un acoso sexual en toda regla se difuminan. Cualquiera puede abalanzar sobre ti su fundamentalismo, desde feministas a defensores de los animales. De ese modo, hay que seguirle la corriente a cualquier imbécil que esté convencido que la mayor ocurrencia estúpida es un inalienable derecho humano. De modo que la búsqueda de la verdad se convierte en inviable, la gente lo que quiere es hacerse rica, como los políticos. Porque este también es un país de o estás conmigo o estás contra mí. Y esa rigidez antihumorística, esas banderías tan drásticas, esa imposibilidad de debatir sensatamente son, junto a la creciente desigualdad lo más molesto de mi amado país. Bueno, eso y los patriotas, a los que deberíamos exilar al extranjero de donde vienen los emigrantes, para que sepan lo que allí vale un peine.

György Lukács lo decía bien: nos alojamos en el Gran Hotel del Abismo, que cuenta con todos los servicios e instalaciones (para quien pueda pagarlo y para los que por mero azar de nacimiento ya estábamos en él instalados), es bonito, bien iluminado, cómodo, con personal entusiasta. Las vistas son increíbles, porque está construido sobre un acantilado. Pero como sus moradores excavan por debajo en busca de petróleo, puede desmoronarse en cualquier momento. Quiero decir que sobrevivimos, en este confortable y liberal enclave en el que la gente lee y habla libremente (dentro de un orden, el orden de lo políticamente correcto), durante un tiempo que hemos tomado prestado. Los que no están dentro —mientras alzamos murallas cada vez más altas erizadas de cuchillas—, los pobres, los desposeídos del mundo, los refugiados, los emigrantes…, bueno eso es asunto de los guardias de fronteras, pero nosotros, los moradores del Gran Hotel, somos los afortunados y no deberíamos olvidarlo. El ser humano es el único animal que se odia a sí mismo (o a los otros, que es lo mismo: nos-otros), así que el futuro más probable a medio o largo plazo sea la destrucción total, pero el apocalipsis en un buen hotel es mucho mejor que a la intemperie en un erial o en una patera.

 






martes, 9 de enero de 2018

Al otro lado del Ebro no va a estar el paraíso




Quiero entender al otro, aunque ese 'otro' me perciba como su odiado cuñado, valga el tópico. De eso intentará ir este post. No sé si Cataluña será alguna vez independiente. A priori me daría igual, puesto que tengo pasaporte (que es la ocurrencia que tuvo hace años un bloguero literario). Pero a posteriori e incluso a fortiori, de inmediato me corrijo y hasta me regaño por olvidarme siquiera un instante de esa mitad de catalanes que no quieren ser independientes, independientes de España. Porque el independentismo catalán, sospecho, lo sustenta más un odio pertinazmente inculcado a España que un amor a Cataluña, algo así como si odiar a tu cuñado te hiciera amar más y mejor a tu cónyuge, cuando son factores independientes: amar o no a tu pareja, odiar o no a su hermano, digo yo.

Las razones y las causas de ese independentismo son múltiples y habría que intentar entenderlas, que no es lo mismo que compartirlas. Los políticos de uno y otro bando, salvo escasas excepciones, no ahondan en razones, a ellos les bastan los pretextos. Y es una reivindicación de éxito que entre otras utilidades oculta el resto de tramoyas oscuras de la gestión política catalana de los últimos lustros.

En primer lugar reconozco que el independentismo es un éxito en muchos aspectos, independientemente, ya que estamos, de que no haya conseguido aún la independencia y no se sepa si alguna vez la conseguirá. Porque es motivador de una juventud (y al parecer de los habitantes rurales) que, sospecho, considera esa postura no tanto una cura contra todos los males políticos como una prolongación de aquella alegre y esperanzada insumisa indignación que ocupó las plazas de España, incluidas las de Cataluña (aunque en Cataluña los expulsaran a palos los mossos mientras que en Madrid al menos se les toleró durante muchos meses y eso que 'aquí' teníamos a las fuerzas represivas).  

No oculto mis simpatías por esos ‘insumisos’ en diversos grados, rebeldes, desobedientes, indignados y alegre muchachada, creo que representan inquietudes hermosamente humanas y demasiado escasas en edades provectas. La aspiración a la independencia catalana sería, entre otras cosas, una repuesta local a una crisis global. Y tanto que global, porque se trata de la globalización y sus injustas reglas. A mi juicio, respuesta equivocada, o al menos equívoca, ante una crisis bien diagnosticada aunque mal elegido el tratamiento en la que los ricos y poderosos de este mundo están en guerra contra el resto de la humanidad y además la están ganando. Una globalización sin reglas (bueno, con una regla, la del embudo) ni contrapesos sociales y con derechos cada vez más adelgazados para el común peatón de la historia, que no sólo machaca a los individuos, sino hasta los costosos logros sociales y a los propios estados. 

Es el miedo al futuro, fobia largamente padecida en la Historia, desde los eclipses en el paleolítico y los milenarismos medievales hasta hoy. Un miedo bien justificado además, por la incertidumbre y la aceleración de los cambios, la inseguridad y el desconcierto. Y así, inseguros, medrosos, y desconcertados, llegan algunos próceres y les muestran un culpable: “España nos roba y nos oprime” (en la pre nazi República alemana de Weimar eran los judíos) y una solución aparentemente fácil y sentimental y hasta emocionalmente grata: ¡la independencia! Y con esto no quiero decir que independizarse de España venga a ser lo mismo que invadir Polonia, pero el humor nunca viene mal, sobre todo si nos reimos primero de nosotros mismos.

Es desde luego una paradoja de los independentistas pretender contra lo anterior montarse otro estado, crear otras fronteras, excluir a otros para afianzarse, volver a la idea nefasta decimonónica de nación-estado. Dios santo, ¡cómo les han vendido esta moto sin bujías! Es una reivindicación que a muchos nos parece trasnochada y hasta reaccionaria. En los inicios del siglo XXI, —me resulta triste decirlo— es quizás el movimiento social más importante en Europa, mientras que en el mundo hay otros, claro, como las reivindicaciones de la igualdad de las mujeres.

Thatcher, esa especie de británica superliberal (o superesperanzaaguirre) enunció claramente eso: la sociedad no existe, sólo existe el individuo. Pues bien, las sociedades ya lo creo que existen, pero están amenazadas por los sacrosantos mercados globales. Y la gente busca respuestas, a ser posibles simples, o lo que es lo mismo populistas: el brexit o la independencia catalana. Y no sólo el brexit, el cierre de fronteras a los refugiados en Europa, la ascensión a la presidencia de EEUU de un sociópata inculto, etcétera. Todo problema complejo tiene una solución simple (o simplista) que es siempre falsa. Tiempos oscuros, señores, que propician respuestas absurdas pero explicables.

La respuesta local y simple en Cataluña a todo este siniestro panorama, perfectamente percibido por los más rebeldes, o sea, los jóvenes, y por los más aislados del resto del mundo, los rústicos, es la independencia. Por supuesto que hay argumentos históricos a favor y en contra, se trata sólo de seleccionar los más propicios y desdeñar los que contradigan la tesis general: que Cataluña no es España ni lo ha sido nunca, que ha sido una colonia del resto de España y por lo tanto, al igual que el Congo con Bélgica, precisa de un proceso de autodeterminación. Hala. Ya está: ¡Freedom Catalonia!

La naturaleza siente horror al vacío, la naturaleza social o la sociedad también, y el espacio de los conflictos sociales —que son los verdaderamente relevantes, los que definen la injusticia— ha sido ocupado por la reivindicación independentista. Ya no hay lucha de clases, hay lucha a un lado y al otro del Ebro, como en nuestra Guerra Civil. Y los más drásticos, esos chicos de la CUP que se reivindican sociamente radicales; ¡si Marx y Proudhon levantarán la cabeza!

Esa Cataluña independiente es una utopía más bien distópica, a la vista de lo que ha sucedido, una utopía nada progresista, más bien reaccionaria, pero una utopía, un banderín de enganche, un Prozac social y nacional. Se puede admirar la capacidad movilizadora del independentismo, su versatilidad táctica (regate en corto), su legitimidad como aspiración (aunque no su legalidad, visto como han operado los independentistas). Y a toro pasado hasta su inevitabilidad como “única utopía disponible” (la socióloga Marina Subirats dixit), aunque yo disiento, no es la única disponible, pero sí la que había más a mano y la más simple. La utopía en realidad es una distopía —lo siento chicos— que puede —y creo que lo hará— provocar efectos contrarios a los que se pretende, que es lo que suele pasar al intentar construir el futuro con realidades propias del pasado.

Cada nueva frontera encierra a los de dentro tanto como prohíbe el paso a los de fuera; a los desfavorecidos de fuera; los poderosos y su dinero siempre circularán libremente. A los mercados globales, como a los narcotraficantes, las fronteras les van de perlas, las administran de maravilla; si —y esta si es una utopía— desapareciesen los desaprensivos se quedarían sin negocio. Fronteras políticas sin fronteras de la economía capitalista refuerzan a esta, le eliminan trabas. No quiero ponerme paternalista, pero os están engañando, chavales.

Os diré lo que más me fastidia de todo el tinglado independentista. Puesto que yo no soy nacionalista español o de signo/bando opuesto al catalán, me fastidia mucho como está resurgiendo ese nacionalismo que creía en gran parte superado, por ejemplo,  en mi ciudad, Madrid, plagada de banderas españolas que antes solo exhibían futboleros, fachas descerebrados o los estancos. El independentismo está haciendo resurgir a la más cavernaria de las derechas y reforzando a la representada por el PP y Ciudadanos, apoyados cada vez con más ganas por los mucho más numerosos que empecinadamente les votan sin importar ni corrupciones ni estupideces. Esto también lo evidencia que hayan triunfado en las últimas elecciones catalanas las derechas, la españolista y la catalanista respectivamente, de Inés Arrimada, esa monjita guapa, y de Carles Puigdemont, el que tiene el mismo corte de pelo que su edad mental. Las torpezas, los oportunismos, las simplificaciones, los cálculos miopes, la falta de talla de estadistas, en uno y otro bando contendiente, se retroalimentan, como las enfermedades autoinmunes. Y vamos a estar enfermos, enfermos de Cataluña, unos y otros, muchísimo tiempo. Ojalá me equivoque.


jueves, 4 de enero de 2018

Los feminicidios que nos asolan y los contextos que nos asfixian




La maté porque era mía. La solución pues es que dejen de ser nuestras, de los varones, y pasen a ser de ellas mismas y que los varones nos convenzamos de eso, claro. En España se mata bastante a las mujeres. Lo  suelen hacer los hombres que conviven o convivían con ellas, parejas, maridos y exmaridos, novios y exnovios, pero también padres, hermanos, vecinos y gente que pasaba por ahí. Porque creían que ellas eran suyas. "La maté porque era mía" (La mató porque estaba convencido de que era suya). En otros sitios se mata mucho también a las mujeres, por serlo, por olvidarse de que están tuteladas por varones autorizados. En la India y Pakistán, se llaman crímenes de honor, los practican padres y hermanos y se consideran eximentes, no agravantes. En México, donde son remachotes, es una pandemia; etcétera, un larguísimo y vastísimo etcétera. 

Creo que tenemos un problema, sobre todo lo tienen ellas, pero también nosotros, aquí y en Houston. Tenemos un problema en lugar de tener un poema, un problema de educación. No quiero ponerme pesado, ya sé que insisto mucho en esto de la educación como solución para todo (en realidad, como parte de la solución y por tanto, jamás como parte del problema). Un podrido contexto cultural y social. Se empieza no dando limosna en misa y se acaba quemando conventos, o al revés, no sé. Pero para que haya asesinatos machistas, por mucho desgarro farisaico de las vestiduras que se airee, se precisa un ambiente propicio opuesto, un caldo de cultivo apropiado, una placa petri donde prosperen las bacterias, que tolere y hasta aliente ese machismo, sin casi darnos cuenta, que es como resulta más eficaz. Como dice José Vicente Barcia Magaz, “cada asesino de mujeres ha actuado como una célula durmiente del patriarcado”, que se activa cuando el comportamiento de la víctima (esa minifalda, esas salidas nocturnas de jolgorio desenfrenado, o simplemente no obedecer a su "superior") es percibido como imperdonable por ese contexto cultural de dominio machista. A un cortador de cabezas de Nueva Guinea no le afees que corte más que el vecino en tanto no le cambies ese mismo contexto cultural ¿Me explico?



Perlas


(1) “Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”


(2) “La cenicienta es un ejemplo para nuestra vida por los valores que representa. Recibe los malos tratos sin rechistar, busca consuelo en el recuerdo de su madre”.


(3) “La libertad de la maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres” (Parece sacado del Cuento de la Criada de Margaret Atwood; si no la habéis leído, hacedlo; la serie de la tele creo que también está bien, no la he visto)


(4) “La corporación es otra cosa y hay que trabajar mucho, ser mucho más serio y mucho más consecuente, y no ir al ayuntamiento con minifalda y pantalones ajustados”.


(5) “muchas has tenido que chupar para estar donde estas”.


(6) “en nuestro grupo nadie ha dedicado un euro a arreglarse el felpudo”


(7) “Hay que convivir con la economía sumergida como con algunas mujeres. No se las puede eliminar”. 


(8) “La mayor parte de las denuncias por violencia de género son falsas”


(9) “no hay mujeres feas, hay copas de menos” y “la violencia machista no existe”.


(etc.) He omitido charlas de bar, comentarios entre colegas, piropos bestias o poéticos, sólo he elegido unos pocos, insisto, unos pocos entre muchos comentarios de… 




Perpetradores de las perlas de arriba


1.- José Manuel Castelao, antiguo diputado del PP. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)

2.- Ana Botella, antigua alcaldesa de Madrid por el PP y esposa esposísima de José María Aznar, antiguo presidente de España. O sea, antigua (y desgraciadamente presente).



3.- Alberto Ruiz Gallardón, antiguo alcalde de Madrid, antiguo presidente de la Comunidad de Madrid, ambos cargos por el PP. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



4.- Domingo González Arroyo, antiguo presidente del PP de Fuerteventura a la antigua alcaldesa por el CC de La Oliva. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



5.- Rafael Sánchez-Acera, antiguo portavoz del PSOE de Alcobendas a la antigua concejala de UpyD del mismo ayuntamiento. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



6.- Matías Llorente, antiguo viceportavoz del PSOE de León. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



7.- Alfonso Guerra, antiguo vicepresidente de España por el PSOE y antiguo vicesecretario general del PSOE. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



8.- Toni Cantó, antiguo actor, antiguo diputado de UpyD, actual diputado de Ciudadanos. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



9.- Sadat Maraña, antiguo líder de Ciudadanos de León, expulsado del partido por demasiado ultra. O sea, antiguo (y desgraciadamente presente)



Todas estas frases están extraídas fuera de su contexto, no pretendo manipularlas. No hace falta. Parte de ese contexto es que todas son frases pronunciadas por políticos españoles cuando estaban en activo y en muchos casos siguen estándolo, es decir, son varones que nos ‘representan’ ¿Nos representan? Me temo que en gran parte sí. George Bernard Shaw:"La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos". Y si ciertos países, incluso muchos, tienen malos políticos y gobernantes pésimos es porque no tienen, al menos en parte, buenos ciudadanos, una pescadilla tan viciosa que se muerde la cola (¿se me oye?, porque esto no se puede decir, sobre todo si eres político). 

Frases sacadas fuera de su contexto, aquí no tengo espacio ni ganas de volverlas a meter en su contexto, en sus parlamentos, en sus asambleas, en sus declaraciones a los medios de comunicación. Pero si las volviera a introducir en sus contextos, ¿acaso eso no las agravaría aún más, en lugar de relativizarlas?


Este es un país machista, como lo es México y hasta Noruega (aunque menos), y sí, vale, en todas partes cuecen habas, las habas son las mujeres, luego este es un mundo básicamente machista, todavía ¿por cuánto tiempo? No seamos tontos y nos consolemos con el mal de todos.

Se ataca, estoy convencido de ello, no sólo a la mitad más débil (en cierto sentido) de la humanidad, sino a la mejor mitad. No mitifico a las mujeres, aunque las adoro, durante toda mi vida de varoncito he querido follar con ellas, luego conocerlas y convivir con ellas: hablo en promedio. Hay mujeres idiotas, incluso entre las feministas, —la única revolución en marcha de cierto éxito, eso sí: limitado geográfica y temporalmente—, incluso pienso que el machismo es una enfermedad genética de transmisión sexual, aún más extraña que otras conocidas como la hemofilia y como el daltonismo: la padecen las mujeres (las víctimas), la transmiten las mujeres (las madres de los machistas) y la practican los hombres. Pero en conjunto creo que las mujeres, insisto, en promedio— son mejores y nos irá mejor a todos cuando alcancen ellas mayores cuotas de decisión e influencia (me niego a llamar a eso con el palabro anglotraducido de ‘empoderamiento’)


Venga chicas, ¡vosotras a lo “vuestro”!, (que es lo mío) Lástima que me haya pillado tan mayor, porque cuando os liberáis me liberáis de paso a mí.